Resulta bastante habitual ya en nuestra sociedad presenciar cómo el debate político se enquista de tal forma que resulta prácticamente imposible generar una discusión sin que se caiga en la tan antigua ya disputa entre trincheras, en la que ambos combatientes luchan de manera fiera y sin compasión, dejándose la vida en cada parcela del suelo que pisan, y que, claro está, sudarán sangre si es preciso por no perder ni un solo centímetro de ese suelo. La trinchera, a fin de cuentas, permite deshumanizar al otro, puesto que no se le ve, no se le oye, ni, desde luego, se le siente.

El problema de todo esto es que el debate que se genera en televisiones, prensa y, sobre todo, en declaraciones especialmente solemnes, inciden muy profundamente en los corazones sensibles y faltos de cariño de los ciudadanos. El problema también es que no es un fenómeno nuevo. El problema es también, de entre todas las cosas, educacional y cultural, puesto que, si estos ciudadanos se plantaran delante de estas declaraciones broncas -y que solo sirven para alimentar un odio vacío- y tuvieran el valor de pegarles una patada, otro gallo estaría cantando. Pero, por desgracia, esto no es lo que ocurre.

Y uno enciende la televisión y se encuentra al líder de un partido político cualquiera -representante de una serie de votantes- atacando verbalmente y sin escrúpulos al líder del partido contrario, mientras que el público asiente con gran efusividad e interioriza dicho discurso, convirtiéndolo en ese preciso instante en algo propio, en algo por lo que luchar y por lo que encauzar la rabia que acumula durante el día.

Al final, cuando el debate político o social se enrarece siempre tienden a ganar los mismos. La moderación, el equilibrio o la educación son comportamientos tachados de equidistante por aquellos que saben muy bien que el único medio para prosperar personalmente y en dichos círculos, no es garantizar la paz social, sino fomentar continuamente el enfrentamiento entre los ciudadanos. Lo bronco, lo duro, el insulto fácil y los lugares comunes se ha vuelto, por desgracia, en algo cotidiano y familiar en nuestro día a día, y así, de seguro, es difícil vislumbrar allá a lo lejos un claro de luz al que agarrarse para seguir de pie y con fuerzas en el camino.

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