Carlos II nació en Madrid en 1661, y fue el fruto desesperado de las relaciones conyugales de Felipe IV, el cual a pesar de haber tenido diez hijos en su primer matrimonio y cinco en el segundo, y de los cuales seis varones, sólo sobreviviera Carlos II.

Carlos era débil, presentaba raquitismo y estaba expuesto continuamente a catarros, fiebres, trastornos intestinales y otras enfermedades, además de que sufrió una severa lentitud en su desarrollo físico, lo que quedó patente en que no pudiera andar hasta los cuatro años, y este mismo retraso también se dio en su educación y su formación.

En lo que se refiere a su vida política como gobernador de la monarquía española, su reinado se puede resumir en un control continuo por su madre primero, Mariana de Austria, y siguiendo por su hermanastro Juan José de Austria, y una serie de validos, incluso sus esposas.

Respecto a estas esposas, a pesar de mantener relaciones sexuales con ellas, no fue capaz de dejarlas embarazadas, por lo que se planteó que fuera estéril. De hecho, en los tiempos fue denominado como Carlos II “El Hechizado”, y cuenta la tradición que una serie de monjas exorcizadas en 1699 defendían que la esterilidad que sufría era debido a un hechizo, y por ello fue exorcizado, aunque no surtió ningún efecto.

Su primera esposa, María Luisa de Orleans, no logró engendrar ningún hijo, y como para la corte la culpa era de ella y no de él, a pesar de realizar varias peregrinaciones y venerar reliquias sagradas, nunca llegó a engendrarlo, y en 1689 murió en extrañas circunstancias, y ese mismo año se casaba con Mariana de Neoburgo, cuya madre había dado a luz a veintitrés hijos, lo que se pensaba que sería un seguro para que esta engendrara alguno, sin embargo, no llegó a pasar, aunque ella fingiría una serie de embarazos a lo largo del matrimonio para que la corte y los ministros españoles no la sustituyeron como ya ocurrió con María Luisa. Este episodio quizá pueda recordarnos a lo que ocurría en Inglaterra con Enrique VIII un siglo antes.

Si Carlos no engendraba ningún hijo, la rama española de la casa de Austria-Habsburgo se extinguiría con él, y el trono español sería ocupado por algún príncipe europeo, a saber, Felipe V, duque de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, el cual se disputó el trono con el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador y al que acabaría ganando. Porque, aunque Carlos nunca perdió la esperanza en engendrar un hijo, en Europa ya se repartían el trono español.

Moriría en el año 1700, con el testimonio del médico forense (salvando las distancias con la época, pero el que ejercería de alguna labor similar) narraba “no tenía ni una sola gota de sangre, el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenados, tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua”.

Se ha querido relacionar con la técnica familiar de las monarquías europeas de mantener relaciones entre miembros de la misma familia con el fin de prorrogar la pureza, la fortaleza y la unión de territorios. Y efectivamente, esta endogamia, según una investigación de la Universidad de Santiago de Compostela, al comparar la identidad genética de Carlos II con la de 3.000 parientes, escalando dieciséis generaciones, ha dado una compatibilidad muy alta en comparación con una persona normal, lo que podemos decir que quiere decir que sus genes estaban repetidos. Y probablemente, la mayor parte de sus dolencias derivarían de esto.

Esto provocó que Carlos II, rey de España, último de la casa española de Austria, débil y estéril, nunca llegó a celebrar el famoso Día del Padre que celebramos actualmente el 19 de marzo.

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