No es nada nueva la sexualización de una chica que hace, posa, y crea por y para el arte. Por amor a este.

Ella era Maria Teresa López, una cordobesa con el primer pie puesto para empezar la adolescencia.
Bella, seria, sobria y melancólica, su mirada se dirige al espectador con apatía.
Sentada en una silla con las piernas abiertas, vestidas con unas medias de seda brillantes. Se apoya sobre sus rodillas mientras se calienta el calor de una caldera de picón, dejando al desnudo el brazo más cercano al pintor, mostrado tímidamente parte del pecho.

Tan inocente como seductora; Julio Romero plasma todo el erotismo latino del Sur. Por esta pintura se dice que la chiquita no sonríes porque lejos de crear belleza, consiguió que por boca de hombres en una Córdoba de posguerra, católica y de pandereta, se erotizase tanto a una chiquilla hasta el punto de ser el imaginario viril por excelencia.

Acusada de verse abocada a la prostitución por supervivencia, destrozan con el mazo de rumores la vida de una muchacha que a penas es mujer. Y la respuesta es sencilla: la piconera no sonríe porque no la dejaron. Porque hicieron de su arte una imagen morbosa alejada de sus intenciones.

Y esto me suena, me suena reciente. La infravaloración del éxito de muchas mujeres, por atribuirlos directamente a ser un producto que ha de venderse a ciertos hombres para hacerse un hueco en el mundo.

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