¿Quiénes de los presentes dudaría un solo segundo que la muerte, siempre, y en todos los casos, se trata de un hecho doloroso, más si cabe si esa muerte no ha sido el desenlace natural de una persona, sino que más bien ha sido producida a conciencia y con alevosía para producir únicamente dolor a la familia y a los amigos más próximos? Intuyo que nadie podría dudar de ello.

Sin embargo, hay un hecho aún más doloroso si cabe que la propia muerte, y no es otra cosa que el hecho de sacar rédito político (o de cualquier otro tipo) a dicha muerte. Las causas de ese comportamiento, ¿quién sabe a ciencia cierta? Quizás, la malicia, la poca vergüenza y, sobre todo, la escasa humanidad que se encuentra instalada en nuestra sociedad. El objetivo de ese hecho, de lo contrario, se ve desde lejos, y, casi siempre, tiene que ver con esa actitud tan moderna de lanzar mensajes rimbombantes y llamativos que, como es normal, aparecen en titulares y telediarios en primera plana.

Aprovechar la muerte de una persona, del tipo que sea, para auto reafirmar el discurso de uno mismo es, cuanto menos, vomitivo; me atrevería a decir que más incluso que el hecho mismo de matar. A fin de cuentas, son hienas hambrientas por un suceso trágico que puedan utilizar a su favor, y así, hacer ver a la sociedad lo importante que sería tomar cartas en el asunto, para así, no volver a presenciar el mismo acto delictivo.

La pena de todo esto, la verdadera pena que a mí me sacude por dentro, no es otra que presenciar cómo todos estos jueces de la opinión pública solo tienen el valor de removerse en la silla cuando el daño ya se ha producido, cuando la catástrofe ya ha hecho suficientes estragos entre la sociedad como para que esta vea que su vida (la de todos nosotros) está realmente en juego. Sin embargo, cuando la calma llega de nuevo (porque siempre llega, más tarde o más temprano), la sangre fluye con tranquilidad y las ganas de venganza y escarnio público se han atemperado, nadie está para poner remedio, ya sea porque haya otros sucesos más jugosos con los que ensañarse, o bien porque eso, lo mismo que les hizo levantar el dedo acusador, ya no dé el suficiente juego como para que se haga eco la opinión pública.

La muerte, a fin de cuentas, da juego a todos aquellos que saben que se encuentran emocionalmente distanciados con el hecho como para hacer fuegos artificiales y proclamas reclamando la atención; esa atención que, de seguro, les permite estar en ese circo mediático que, absolutamente todos nosotros, compramos y entramos en él, aunque luego, reflexionándolo con más calma y sosiego, uno llegue a la terrible conclusión del profundo daño que hacen con sus niñerías plagadas de odio y oportunismo.

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