Hace unas semanas, saltaron a los titulares de todos los medios de comunicación unas declaraciones que manifestó la ministra de Igualdad, Carmen Calvo, acerca de los procesos penales en los que se juzga una agresión sexual. La ministra no titubeó lo más mínimo al decir que: “Las mujeres tienen que ser creídas sí o sí y siempre con las mismas categorías procesales que cualquier otro sujeto para cualquier otro tipo de controversia o de delito”. Estas declaraciones, como era de esperar, no han pasado desapercibidas para la opinión pública. Periodistas de casi todos los medios han manifestado su opinión, casi siempre, declarando su profundo desacuerdo con las palabras manifestadas por la ministra.

Según lo veo, estas declaraciones encierran dos cuestiones importantes que, al ser pronunciadas por una ministra y no por una mujer que ostente un cargo de tal envergadura, han causado un impacto tremendo. Sin embargo, aquí y ahora, quiero recordar a quien lea esto una proclama bastante común en las manifestaciones de carácter “feminista”, que reza así: “¡Hermana, yo sí te creo!”. Como se puede ver, las declaraciones de la ministra no desentonan mucho de cierto clamor popular entre las filas de cierto feminismo.

Como decía antes, estas declaraciones, las de la ministra, pero también las que provienen del núcleo duro de algunos sectores feministas, encierran dos cuestiones problemáticas, tanto para la sociedad como para la justicia. La primera cuestión sería la erradicación total de la presunción de inocencia, unido esto a cierta moda de impartir justicia, no por métodos racionales, sino por métodos emotivos. Me explico. Cuando juzgamos un hecho mediante emociones de cualquier tipo, en vez de apoyarnos en la razón, mediante datos, argumentos y, sobre todo, hilando un relato coherente, estamos claudicando de cualquier forma de impartir justicia real en este mundo.

Claro está que algunos, con esa manera tan hábil de subirse a la ola más grande, lo único que están consiguiendo no es, ni mucho menos, apoyar la causa feminista, sino más bien, apoyar una causa sustentada en el odio y el analfabetismo más profundo de lo que es la justicia, con el objetivo (según dicen ellos) de erradicar el machismo de nuestra sociedad.  Y no se dan cuenta, tan inteligentes y capaces que resultan con esos cargos públicos, que la sociedad, en su amplia mayoría, si bien es cierto que lucha por la igualdad de oportunidades y, sobre todo, porque se trate a la mujer como un ser humano y no como una piltrafilla, no ve con buenos ojos que a una mujer, por el mero hecho de serlo, se le trate con honores, y que su declaración, por el mero hecho de ser pronunciada por ella tenga más peso que la de un hombre.

Si me preguntan qué prefiero, está claro que juzgar un hecho sin posicionarme emocionalmente por ninguna de las partes, ya que ahí, en ese mismo momento, podemos hablar de la ruptura del estado de derecho en nuestro país.

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