Se mueven los piececitos de aquella niñita

al compás de un piano,

mientras observa cómo se abren

los capullos de su dama de noche

con la caída del sol.

Le fascina como deja resplandecer su belleza

solo cuando nadie puede apreciarla.

 

Y hoy. Pasados tantos años

sin regar aquella vieja dama,

se encuentra abandonada

en la esquina del jardín.

 

Han caído sus flores secas

por una pequeña brisa.

Se ha vuelto frágil

después de tanto tiempo sin ser mimada.

 

Puede que sea el tiempo

el que corrompe el estado natural de las cosas.

O quizá el descuido propio nos haga perder nuestra luz.

Pero si algo compartían la niña y la dama,

es que la pureza de su alma se vio tan rota

que acabaron por ser ceniza

movida por el viento.

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