Un concepto tan estrechamente relacionado con los principios democráticos de nuestra sociedad, como es la libertad de expresión, se ha convertido (sospecho que desde hace tiempo ya) en un artilugio que, oportunistas de todo el espectro político utilizan para erigirse en adalides de la libertad, pero que, lejos de dicho sueño libertario, rehuyen de ella cuando esta se vuelve contra ellos.

A esto se le llama, aquí y en la mismísima China, ser un cínico de tomo y lomo. Aunque en realidad, y viendo cómo está el patio, no debería ser algo de lo que extrañarse, puesto que simplemente es la punta de un iceberg que, bajo este, se esconden numerosos hechos y actitudes que manifiestan el escaso saber democrático de nuestra sociedad, y por extensión, de nuestros representantes políticos, sean del color que sean. Y es que, desde un tiempo hacia aquí, todo se ha vuelto vulnerable a ser cuestionado, cosa que, a priori, no parecería esconder nada negativo. El problema se encuentra en cuestionar los hechos sin un respaldo cultural e intelectual con el que argumentar de manera racional aquello que criticamos. Y es en este punto donde nos encontramos actualmente.

Emilio Lledó, filósofo y miembro de la RAE, señala un concepto que me resulta interesante traer aquí, puesto que, aparentemente, nadie se ha molestado en utilizar, o por lo menos, en profundizar. No es otra cosa que la “libertad de pensamiento”, es decir, un estadio previo a la libertad de expresión, puesto que esta última procede de un ejercicio intelectual, y, por lo tanto, de un ejercicio de pensamiento libre, sin ataduras ni toxicidades que nos impidan buscar (o por lo menos intentarlo) respuestas a las numerosas preguntas que nos asaltan cotidianamente.

Hablamos de música sin saber tocar un solo instrumento o conocer mínimamente la historia de esta; de política sin conocer a los “padres” fundadores de dicha ciencia o, volviendo a un plano más concreto, sin conocer los programas políticos que cada partido quiere llevar a cabo. Y claro está que, cuando uno habla de cualquier tema utilizando tópicos y clichés baratos, pues es completamente lícito taparle la boca a ese individuo, o que, por lo menos, eso se quede en la barra de un bar y no copando titulares tendenciosos que cualquiera pueda utilizar como propios y seguir aumentando esa bola llena de mierda.

De esta forma, me resulta en ocasiones algo tramposo el hecho de envolverse en la bandera de la libertad de expresión, como si esta nos amparara en todo momento. Y, de cierta forma, así debería ser, puesto que es un derecho fundamental que todo ciudadano posee. Sin embargo, no nos engañemos, ya que, de la misma forma que tenemos derechos fundamentales, también tenemos obligaciones, que no es otra cosa que el puro ejercicio de pensar y reflexionar aquello que vamos a comunicar, para que esto último propicie el debate sano que toda sociedad se merece tener en su seno, ya que, como alguno sabe, una ciudadanía sin cultura y sin capacidad crítica hace que la democracia no se desarrolle y potencie en un hábitat mínimamente adecuado.

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