Anna Caballé es la directora de la asociación Clásicas y Modernas, fundada en 2009 y que trabaja por aumentar la igualdad de género. Hemos querido hablar con ella para que nos de su opinión y explique en qué consiste el lenguaje inclusivo, uno de los frentes abiertos en el feminismo moderno.

Entrevistador: ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “lenguaje inclusivo”?

Anna: De un lenguaje que no considere el masculino como sujeto universal y por tanto contemple explícita o implícitamente  a las mujeres como sujetos o receptores del discurso.

E: ¿Por qué apoyar este lenguaje frente al normativamente estipulado?

A: Porque las cosas han cambiado mucho en los últimos años en relación a las mujeres, a su presencia en la vida pública  y al hecho de ser consideradas, sistemáticamente, como el Otro del discurso. Proponer cambios en el uso del lenguaje significa otro modo de nombrar la realidad.

Sin embargo, la lengua, cualquier lengua hablada, no es como un código civil que puedes cambiar una ley y a partir de ese momento es de obligado cumplimiento para todos los ciudadanos de un territorio. Una lengua es algo vivo que los hablantes, todos los hablantes,  sienten como suyo. No evoluciona a golpes de decreto sino por cambios sutiles que se dan en la sociedad, por cambios en la conciencia de los y las hablantes en relación al debido respeto que merece el mundo que nos rodea. Entonces, hay que apoyar el lenguaje inclusivo, inequívocamente más democrático y respetuoso con las mujeres, pero sin llegar a situaciones forzadas que obliguen a convertir el uso de la lengua en un discurso acartonado y mecánico.

E: ¿Es necesario que los cambios sociales deban ir de la mano de los lingüísticos o, por el contrario, son totalmente independientes?

A: Los que verdaderamente importan son los cambios sociales. Los lingüísticos no son más que reflejos de los anteriores y vienen de su mano. Si no se producen cambios en la conciencia de los hablantes, cualquier iniciativa  que se propugne fracasará.

E: ¿Crees que dicho “lenguaje” debe ser potenciado por los organismos públicos o es una opción individual?

A: Los organismos públicos deben ser ejemplares en su uso del lenguaje, aunque en general no lo son, y deben potenciar las fórmulas que se consideren más justas y respetuosas con toda la ciudadanía. Pero como he dicho el uso de la lengua es individual y es libre. Sus límites son siempre los de la comunicabilidad y la imagen que el hablante, hombre o mujer,    quiere ofrecer a los demás de sí mismo.

E: ¿Cómo ves la actitud de la RAE ante tal fenómeno?

A: La veo como un triste ejemplo de lo que no debería hacerse desde una institución pública. Su problema es que siempre ha ido a remolque de los cambios que se han producido en la sociedad; nunca se ha mostrado despierta adelantándose a ellos o avanzando una solución a un problema. De manera que en general se limita a sancionar usos consolidados. Sin embargo, comprendo su resistencia a generar mecánicamente el uso de masculino y femenino en cualquier enunciado porque resulta agotador y la sociedad tiene cosas mejores que hacer que escuchar cansinamente un desdoblamiento constante y previsible del género. Pueden buscarse soluciones alternativas, abstractos de género no marcado o atender a la mayoría de un público para dirigirse a él genéricamente.

E: Para terminar, quería plantear un reflexión a modo de cierre: si bien es cierto que el movimiento feminista, a medida que pasa el tiempo, tiene cada vez un número considerable de seguidores o aliados, noto que esa misma sociedad que respalda esta lucha mantiene una postura escéptica sobre el “lenguaje inclusivo”. ¿Piensas lo mismo? ¿Por qué crees que ocurre esta actitud, a priori algo contradictoria, según el argumento central que sostiene el feminismo?

A: En efecto, el feminismo no siempre tiene posiciones únicas ante los problemas y los retos que se le plantean. El núcleo más profundo del ser humano tal vez no tenga  sexo ni género y es lógico que se planteen resistencias o dudas a la hora de ejercer una coerción sobre el hablante o imponer una norma de uso que puede violentar la sintaxis de la lengua. Creo que la sociedad está comprendiendo la necesidad de cambiar algunos hábitos lingüísticos dañinos y, en general,  lo está haciendo. Para mí eso es lo mas importante.

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