Cada año desde que en 1956 la revista France Football crease el Balón de Oro, el “planeta fútbol” se detiene durante el día en el que coronan al mejor futbolista del año. Un galardón que año tras año genera expectación y polémica a partes iguales, y que se ha visto devaluado ante la opinión pública a medida que no siempre ganaba el que lo merecía.

“Solo lo ganan jugadores de ataque”, “el trofeo es puro marketing” o “no siempre gana el mejor” son algunas de las frases que se repiten cuando escuchamos hablar de este premio, tanto viniendo de leyendas como Diego Armando Maradona, como del típico señor de mediana edad que debate en el bar entre cerveza y cerveza.

Y es que, dejando a un lado polémicas institucionales que desprestigian aún más el Balón de Oro y centrándonos en lo deportivo, querría plantear una pregunta: ¿Realmente existe la figura del mejor jugador del mundo? La respuesta es no por una sencilla razón: no hay ningún jugador que sea el mejor en todas las posiciones, por lo que el título de “mejor jugador del mundo” perdería todo sentido.

Partiendo desde esta base, existen otros factores que hacen de este premio algo con más aspectos negativos que positivos. En el apartado deportivo, figuras destacadas en el plano futbolístico como Arsene Wenger, entrenador conocido por sus éxitos en el Arsenal FC inglés, han criticado el Balón de Oro. Uno de los argumentos que destacaba era la poca objetividad en la decisión sobre algunos ganadores. El ejemplo más claro es que Andrés Iniesta no ganase el Balón de Oro en 2010 tras la victoria de España en el Mundial, cuando Fabio Cannavaro recibió el premio como jugador distintivo de la Italia campeona en 2006. El otro, el efecto obsesivo que provoca sobre algunos jugadores y que les hace primar sus intereses individuales frente a los del equipo.

Por si fuera poco, a estas polémicas de índole deportiva se añaden una serie de errores a nivel institucional. En primer lugar, la falta de requisitos definitorios que hace que la decisión recaiga sobre un jurado de dudosa imparcialidad. En segundo lugar, los numerosos escándalos relacionados con las votaciones, como la ampliación del plazo en 2013  sin motivo justificado y que acabaría beneficiando a Cristiano Ronaldo tras una asombrosa actuación contra Suecia; o la variación de los votos de seleccionadores que afirmaban haber votado algo que posteriormente no sería reflejado en el acta final.

Todo esto empaña un premio que ha perdido la magia por una serie de malas decisiones organizativas y de criterio. La única vía para recuperar el prestigio de antaño pasa por un cambio a todos los niveles, pero…¿interesa realmente a la organización?

 

Sergio Villalba Yepes

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