12:00 de la mañana, una mujer entra acelerada en un banco, saltándose la fila de pacientes clientes arrincona al director para recriminarle su caso particular. ¿Vendrá a robar?, nos preguntamos algunos de los que estábamos en la fila, tranquilidad, solo es un poco zafia. Transcribo la conversación:

-Mire es que mi padre que está en una residencia, tiene una tarjeta por la que le están cobrando todos los meses y esto es un abuso a los ancianos que es casi denunciable… .

-Vale, ahora la atiendo, coja turno.

-¿Pero me va a atender el director o el subdirector?.

-Le atiendo yo, que soy el director, coja turno.

Pasan unos incómodos minutos en los que la mujer espera en una silla, entonces la llaman al despacho, que queda con la puerta abierta.

-Como le decía antes (dice con un tono desagradable), mi padre está en una residencia y le están cobrando 3€ al mes por el mantenimiento de una tarjeta y quiero anularla. Porque es que es un abuso a las personas mayores que les obliguen a tener una tarjeta ahí gastando y para nada.

-Vale, vamos a ver, el cobro de la comisión se ha comenzado a implantar recientemente y a todos los clientes les cobramos lo mismo por ese tipo de tarjeta.

-Ya pero es que la tiene ahí muerta del asco y sin usar, ¿Mi padre para qué quiere una tarjeta? .

-Lo siento pero nosotros expedimos tarjetas y si las usan o no ya es cuestión del consumidor, de todas formas la podemos cancelar ahora mismo. ¿Tiene un poder notarial?.

-No, mi padre está en la residencia y todavía está bien de la cabeza ¿De qué voy a tener yo un poder notarial?

-Bueno y ¿Podría venir?

-No puede no

-¿Trae la tarjeta ahora?

-No, pero me sé el número de memoria

-Como comprenderá no puedo hacer nada, tiene que traer un poder para hacer gestiones en la cuenta de su padre.

Ahí desconecto de la situación, es mi turno. No me hace falta estar delante para imaginarse que acto seguido la mujer marchó resoplando que no la habían ayudado en nada. Estas situaciones son bastante más habituales de lo que deberían y cualquiera que haya estado atendiendo al público sabrá que hay gente que se toma al pié de la letra lo de “El cliente siempre tiene la razón”. Esta mujer es un claro caso de terroris administratum, aquellas personas que no entienden o no quieren entender que la burocracia es una cuestión de paciencia y método. Nunca hay que olvidar que somos los clientes, y no voy a ser yo quien defienda a los bancos a capa y espada, pero a veces hay que recordar que ante nosotros tenemos a un trabajador igual que tu, con sus días buenos y sus días malos.

Evidentemente hay gente que anda por la vida rebotada, aquí surge el rancius atiendum, que parece que te está haciendo un favor por hacer su trabajo. Hablo de esas personas que atienden con mala cara o usan un tono desagradable cuando se les pide cualquier cosa que consideran que no tendría por qué hacer. Hay que dar cancha a la gente porque, como decía antes, todo el mundo puede tener un mal día, pero si día tras día siguen igual… donde mejor están es en su casa.

Para enfrentarnos a estos seres sociales basta con ser un poco educado y paciente, una simple dosis de 100 gramos de empatía valdrán para no ser un mounstruito a ningún lado del mostrador.

 

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