El pasado 2 de septiembre se cumplieron 73 años del fin de la segunda guerra mundial, contrariamente a lo que algunas personas piensan, la guerra no terminó el 8 de mayo con la derrota de la Alemania nazi, lo hizo en septiembre, con la capitulación nipona. La situación de Japón durante los dos años previos había ido empeorando, tras una serie de victorias iniciales, en las que llegaron a amenazar las costas australianas, fueron perdiendo territorios en batallas brutales con un alto coste en vidas y recursos en ambos bandos.

Desde el mando japonés se intentó organizar una resistencia final en las Filipinas pero el ejército estadounidense consiguió derrotarles, tomando además las islas de Iwo Jima y Okinawa en dos de las batallas más sangrientas de la guerra. La resistencia final recaía en la isla de Japón, donde se estaban preparando defensas y oleadas de kamikazes para causar el mayor número de bajas posibles. La situación era desesperada, la guerra había dejado al país sin combustible para mover sus barcos y aviones pero caerían luchando. La idea inicial del emperador era entrar en la guerra del bando del Eje, ganar territorios y pactar una solución al conflicto con ventajas territoriales y en ningún momento se planteó la rendición de un país que no había sido invadido en sus casi 2000 años de historia.

El plan del ejército norteamericano era proceder a la invasión por tierra en la llamada Operación Downfall que contaba con alrededor de 6 millones de efectivos que partirían desde la isla de Okinawa. Se preveía un gran número de bajas tanto entre los soldados aliados como entre la población civil, de la que se esperaba una feroz resistencia. Pero había un plan B, el 6 de agosto lanzaron en Hirosima la primera bomba atómica, hecho que no recibió respuesta por parte del gobierno japonés. Por ello el día 8 de agosto los rusos rompieron su pacto de no agresión, en base a la conferencia de Yalta, y atacaron Manchuria. Al día siguiente de nuevo una bomba atómica caería sobre Nagasaki, forzando al gobierno japonés a deponer las armas ante el poder destructivo de las bombas.

Como curiosidad cabe destacar que para el día que se tenía previsto el desembarco aliado se formó un tifón que habría arrasado las embarcaciones, cosa que en la cultura popular japonesa se considera fruto del “viento divino”, que ya salvó Japón en el siglo XIII, dispersando a las tropas invasoras mongolas.

 

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