Como todos sabemos, en estos tiempos que corren, parece bastante habitual coger a alguien y hacerle culpable de las diferentes miserias que nos ocurren. Eso siempre ha ocurrido. Tomar a un grupo de personas y convertirles en la causa de todos los males de este mundo. Desde luego, la RAE no se escaparía de dicho juego.

Machista, retrógrada, inútil, y un largo etcétera.

Si bien es cierto que la Academia, como cualquier organismo conformado por personas, ha podido cometer (y lo sigue haciendo) diferentes errores a lo largo de su historia, parece que ahora se ha convertido en el saco de boxeo que algunos quieren utilizar para hacer más daño que cualquier otra cosa, y sacar, además, renta de ello.

Personalmente, antes de juzgar un hecho me gusta investigar sobre ello, aunque el impulso primario sea el habitual linchamiento mediático del que estamos, por desgracia, mal acostumbrados. Reconozco que la ola social es tan grande y magnética que resulta en ocasiones inevitable sumarse a ella, para así, no ser devorado por la misma. Es normal y más sencillo, por desgracia, arrojar todos nuestros miedos y nuestras fobias hacia algo común, que nos permita posteriormente, tener la impresión de que pertenecemos a un grupo, y que, además, conseguimos trending topic cada vez que Arturo Pérez-Reverte (por poner un ejemplo inocente) habla sobre feminismo y sus declaraciones no se corresponden con aquellos dogmas que nosotros seguimos a raja tabla.

Aunque penséis que me he ido por los cerros de Úbeda es importante aclarar esto que acabo de escribir.

El caso que nos importa ahora no es otro que la RAE. Antes de todo, y trayendo aquello que decía dos párrafos más arriba, para juzgar un hecho hay que saber, por lo menos mínimamente, qué es aquello que criticamos.

La RAE, aunque haya personas que no quieran verlo, su principal objetivo (en el plano léxico) no es otro que recoger todas aquellas palabras que el hablante hispano utiliza, independientemente de si nos parece más o menos grosera. Cosa bien distinta es que una palabra que nos parezca grosera no esté marcada con el adjetivo de: coloquial, malsonante, despectiva, discriminatoria, etc. Eso sería otro cantar. Sin embargo, retirar una palabra del diccionario por el simple motivo de que sea machista o misógina resulta realmente patético, ya que, como dije anteriormente, el diccionario no se encarga de fabricar palabras, sino de recoger el uso que los hablantes hacen de la misma.

Por lo tanto, el camino lógico para ver algunas palabras fuera del diccionario no es, ni mucho menos, linchar públicamente a la Academia, sino esperar, aunque sea duro decirlo, que la sociedad deje de utilizar dichas palabras, ya que, además, nos hacemos un flaco favor como sociedad si pensamos que el camino para conseguir la igualdad y una sociedad próspera y moderna pasa por ocultar palabras o expresiones que están ahí, en nuestro propio mundo, y que, además, guste más o guste menos, convivimos con ellas.

 

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