Por cultura castreña se entiende aquella que existía en el noroeste peninsular antes de la llegada de los romanos. Concretamente, esta cultura se desarrolló en la actual Galicia, en la zona occidental de Asturias, en la parte septentrional de León y en el norte de Portugal. Los límites los determinan los ríos Canero, Órbigo y Esla al este y Vouga al sur. Teniendo presentes los territorios mencionados nos encontramos con que son varios los pueblos que se engloban bajo esta cultura: los galaicos, los astures y los cántabros. A su vez, estos pueblos se subdividían en diferentes tribus y clanes.

La cultura castreña suele presentarse como un mundo arcaico, tanto desde un punto de vista económico como social. Ciertamente, comparada con otras culturas, la castreña presenta rasgos arcaicos, que no retrasados. La actividad económica tenía como base la recolección de frutos. También ocupaba un lugar destacado la minería (especialmente la explotación de metales tan valiosos como el oro). Agricultura y ganadería ocupaban un papel secundario. Respecto a la sociedad, esta se organizaba en castella. Resulta particularmente llamativo la existencia de una “C” invertida en numerosas inscripciones. Su significado es castellum e indicaba, supuestamente, el vínculo que unía al castro con la persona a la que se estaba refiriendo la inscripción. La unión entre individuos y territorio era muy importante.

La cultura castreña se desarrolló, aproximadamente, desde mediados-finales del siglo IX a.C. hasta los siglos V-VI d.C. Pero, es necesario puntualizar que resulta muy difícil establecer una periodización exacta, especialmente en lo que se refiere a su fin. Estos problemas cronológicos se deben, sobre todo, a los debates que plantea la pervivencia de los castros tras la llegada de Roma al noroeste peninsular (algunos castros se perpetuaron incluso hasta los inicios de la Edad Media). Evidentemente, durante ese largo período de tiempo la cultura castreña no se mantuvo impertérrita. La evolución y los cambios en ella fueron notables, especialmente tras la llegada de los romanos. Los castros son uno de los elementos que mejor reflejan dichas transformaciones.

Y es precisamente en los castros donde la cultura castreña tiene su expresión principal. Este tipo de asentamiento encarna la esencia de esta cultura. Que mejor evidencia de ello que precisamente sea el castro el que le dé nombre. Ciertamente, en la época, otros pueblos de la Península Ibérica también habitaban en castros, dada la protección que estos proporcionaban. Pero, en el noroeste peninsular, este tipo de asentamientos presentan una personalidad y unas características propias que lo singularizan. Básicamente se diferencian dos tipos de castros: por un lado, los castros del interior y, por otro, los castros costeros. Los primeros se localizan en alturas medias y se caracterizan por contar con elementos defensivos varios, como murallas, fosos, “pedras fincadas”… Los segundos, como su propio nombre indica, se sitúan cerca de la costa y cuentan con la protección natural que ofrece el mar.

 

Castro de Viladonga, en Lugo. Ejemplo de castro ex novo. Fotografía vía Xunta de Galicia.

 

A pesar de existir diferencias, en general, podemos hablar para la mayoría de los castros de la misma o similar materia prima constructiva. En la cimentación de los primeros castros se empleó barro, madera y ramas. Posteriormente, comenzó a utilizarse la piedra (fundamentalmente piedras de la región como el granito, la pizarra…). Este uso de rocas en la construcción se dio entre el s. VI y el s. IV a.C. El techo de los castros solía ser de paja recubierta de barro. Posteriormente, se comenzaron a emplear otro tipo de materiales más resistentes. Otro rasgo importante en las construcciones es su individualismo: no hay muros compartidos o casas pareadas, cada familia o grupo tenía un espacio propio. Esta característica perdió fuerza con la llegada de los romanos debido, sobre todo, a la mayor urbanidad que estos impusieron.

Como ya se ha mencionado, la cultura castreña no se mantuvo uniforme a lo largo del tiempo. Los cambios fueron notables, especialmente tras la llegada de los romanos. Décimo Junio Bruto Galaico fue el general romano que exploró el noroeste peninsular alrededor del 138 a.C. Con la llegada de Roma se inició una convivencia entre las dos culturas. Inevitablemente, fruto de esta coexistencia e influencia mutua, muchos aspectos de la cultura castreña experimentaron cambios. Siendo los castros los símbolos más reconocibles de esta cultura, es lógico que sean también ellos uno de los elementos en los que dichos cambios se notaron con más intensidad.

Roma utilizó los castros para organizar el territorio y la sociedad del noroeste. Esa zona carecía de ciudades que ejercieran como agentes básicos en la organización y administración del territorio. Siendo las ciudades la base de todo el sistema administrativo romano Roma, ante la falta de urbes, tuvo que buscar otros elementos que realizasen tal función. Sin duda, el ejército y los soldados romanos desempeñaron una función muy destacada en este proceso, pero los castros también protagonizaron un papel importante y gracias a ellos el Imperio pudo proceder a la explotación económica de la zona. Julia Alcalde López divide en tres grupos los castros de la época posterior a la llegada de los romanos: castros prerromanos, castros ex novo y castros abandonados.

Los primeros, como su propio nombre indica, son castros construidos antes de la llegada de los romanos que continuaron siendo usados. Por su parte, el segundo grupo, los ex novo, son castros construidos bajo la supervisión romana (su edificación obedece a intereses económicos, organización del territorio…) pero siguiendo el modelo de los castros prerromanos. Estos nuevos castros van a presentar características tanto romanas como castreñas. La influencia romana se aprecia en la mayor urbanidad que van a presentar, en la forma (se evoluciona de formas circulares u ovaladas a formas cuadradas o rectangulares), en la techumbre (se “popularizaron” las tejas)… Finalmente, el último tipo de castros, los abandonados, son aquellos que quedaron deshabitados tras la llegada de Roma. Esta situación se dio en muy pocos casos.

De esta manera, la cultura castreña y los castros continuaron vivos tras la llegada de los romanos al noroeste peninsular. Necesariamente se dio una transformación, una evolución, pues la nueva realidad, las nuevas costumbres que los romanos traían consigo, así lo exigía. Pero, la cultura castreña pervivió, adaptándose a la nueva realidad que se le imponía en una beneficiosa simbiosis entre costumbres romanas e indígenas que, a la postre, supuso la conformación de una nueva sociedad, la galaico-romana.

Por último, no podemos dejar de mencionar que los castros han sido objeto de importantes debates. La disparidad de opiniones afecta prácticamente a la totalidad de asuntos relativos a la cultura castreña, y los castros no son una excepción. Ciertos autores sostienen que el castro, una vez llegados los romanos, pierde sus funciones originales. Ciertamente, el castro se mantiene en el tiempo, pues ha llegado incluso hasta nuestros días pero, de acuerdo con algunos historiadores, este ya no tiene el cometido inicial que había motivado su existencia y, por lo tanto, pierde su esencia.
En conclusión, la cultura castreña y la galaico-romana plantean todavía muchas incógnitas. Los materiales, asentamientos y distintos pueblos que las integran no han sido tan estudiados como los romanos, los griegos o los egipcios y, en consecuencia, son bastantes los interrogantes que aún no han recibido respuesta. ¿A qué esperas? ¡Sé tú quién se ponga a investigar!.

 

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