A menudo es posible escuchar a personajes públicos (la gran mayoría, curiosamente, son políticos) propagar la tan añeja e insostenible idea de que los andaluces, o por extensión, extremeños y murcianos hablan un mal castellano, provocando, además, que dicha idea sea utilizada por los propios ciudadanos que conforman este país. Desde luego, y como suele ocurrir habitualmente, esta idea se utiliza como arma arrojadiza para causar tensiones sociales y políticas entre los diferentes ciudadanos de las diferentes comunidades implicadas.

Dicho todo esto, voy a intentar esclarecer algunos elementos que, bajo mi punto de vista, se utilizan como argumento de peso pero que no son más que puras falacias.

Para empezar a analizar este fenómeno habría que señalar dos cuestiones. En primer lugar, habría que delimitar qué es hablar bien. Y, en segundo lugar, habría que señalar la utilización errónea del término “hablar”.

Empecemos por la primera cuestión. Hablar bien o hablar mal se corresponde únicamente con el nivel cultural del hablante, y no, como aquellos personajes públicos intentan demostrar constantemente, con la zona de origen de un hablante cualquiera. Por este motivo, podemos encontrar en la amplia Andalucía personas que hablan mal porque no han tenido los medios suficientes (o no han querido) para conocer en profundidad cómo es la gramática española, y, sobre todo, cómo se manifiesta de forma oral; pero es que, además, y aunque haya personas que no lo quieran ver, existen andaluces que hablan bien porque sí han podido (o han querido, sencillamente) tener los mecanismos suficientes para conocer la gramática y cómo se utiliza. Esto que acabo de exponer es perfectamente extrapolable a cualquier zona geográfica de España, sea norte o sur.

Zanjada la primera cuestión vamos a adentrarnos en el siguiente elemento, que está enlazado con la primera cuestión que acabo de exponer. En este caso, quiero exponer la confusión que hay entre los vocablos “hablar” y “pronunciar”. A priori, puede parecer que ambos términos no inviten a confusión alguna a la hora de comprenderlos, debido a sus significados tan claros. Sin embargo, vivimos en un país en el que todo es susceptible a discusión, y este debate, desde luego, no iba a ser menos. Ya expuse anteriormente que el término “hablar” no responde a cuestiones geográficas, sino más bien culturales o de educación. Pues bien, el término “pronunciar” sí responde a un lugar de origen, por eso (y no hace falta que uno venga aquí a explicarlo como si hubiera descubierto un nuevo planeta), un hablante andaluz no tiene la misma pronunciación que un hablante gallego, o incluso, que un hablante catalán. Sin embargo, parece que existen personas interesadas en difundir esta idea tan dañina, para así, hacer ver que la pronunciación andaluza no es más que una hija bastarda del excelentísimo y pulcro castellano.

Curiosamente, aquellos que intentan hacer mala sangre con esta cuestión tachando a los hablantes andaluces de analfabetos que no manejan bien su propio idioma, no se dan cuenta que, incluso ellos, veladores de lo normativamente correcto en castellano, tampoco atienden correctamente a los presupuestos teóricos que nuestra lengua (en el plano fonético) tiene estipulado, puesto que, como toda persona medianamente letrada sabe, el castellano (o español, claro) no es más que una concepción abstracta e idílica de lo que debería hablarse, pero que, lejos de la realidad, ningún hablante lo cumple, puesto que cada uno de nosotros tenemos una articulación fonética que nos caracteriza, dependiendo de nuestra procedencia geográfica.

Para acabar, querría comentar también el hecho tan significativo que es la inexistencia de un andaluz homogéneo y estricto, fenómeno que, por cierto, indica la tolerancia y naturalidad que el hablante andaluz medio tiene para con sus conciudadanos. Sin embargo, creo que esta lección la dejaré para otro día. Quizás, para cuando aquellos hablantes del “perfecto castellano” dejen de hablar de aquello que desconocen, no por su procedencia geográfica, sino más bien por su falta de cultura y educación.

 

 

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