Aunque el nombramiento del nuevo director de la RTVE pueda resultar a priori una cuestión menor, lo cierto es que no lo es.

Estos días estamos asistiendo al debate entre el gobierno de España y diferentes fuerzas políticas (que en su día apoyaron la moción de censura) sobre el nombramiento del nuevo director de la principal cadena pública de España. A medida que los días pasan, los nombres de posibles aspirantes al cargo se suceden, dando lugar a nuevos nombres y la desaparición de otros tantos, creando, a su vez, una enorme confusión entre los ciudadanos que, poco a poco, ven con cierto escepticismo esa regeneración de la que se hablaba antes de que se propiciara la moción de censura, y que, desde luego, aún no ha sido puesta en marcha.

Lo cierto es que el nombramiento de una persona que ocupe el cargo de director no es un tema baladí, a pesar de las grandes cuestiones que más preocupan a la ciudadanía, ya que hay que recordar las enormes protestas que están llevando a cabo los trabajadores de la cadena pública, externalizándose más efusivamente todos los viernes con la campaña de “viernes negro”; campaña en la que se denuncian las enormes presiones a las que están sometidos los diferentes trabajadores, y, sobre todo, la manipulación con la que se tratan los diferentes temas de nuestra actualidad. Toda esta campaña de denuncia se ha dirigido con mayor potencia al gobierno saliente que ocupó el poder siete años.

Por lo tanto, la tarea de este nuevo gobierno socialista, junto con las diferentes fuerzas políticas que conforman el hemiciclo, no es otro que encontrar a una persona que encarne los mejores valores de la profesión periodística, y que, desde luego, pueda ofrecer una programación moderna e innovadora que vuelva a conectar el servicio público estatal con la ciudadanía, sin que esta se utilice como panfleto político del gobierno de turno o como plataforma en la que crear una potencia hegemónica completamente ideologizada que se parezca al modelo que actualmente se encuentra vigente.

 

 

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