El pasado lunes 25 de junio, Westworld cerraba su segunda temporada con barrocas tramas e infinidad de preguntas de cara a la siguiente temporada. Ante semejante atolladero de realidades paralelas, saltos en el tiempo y telequinesia programática, el espectador se cuestionaba si la serie iba a desembocar en aguas mansas.

Se puede decir que desembarcó, aunque con maniobras no muy éticas. Y es que si bien en la primera temporada la serie nos presentaba el parque y sus anfitriones, en la segunda hemos visto como los mismos anfitriones adquirían voz y voto ante la sorpresa humana. Por supuesto el proceso no fue democrático, pero sí premeditado y diseñado por el Doctor Robert Ford, interpretado por un magistral Anthony Hopkins. A partir de la segunda temporada, la lógica natural del parque vuela por los aires después de averiguar el final del laberinto. Paradójicamente el laberinto no desenredaba el nudo, sino todo lo contrario.

Múltiples tramas se convergían incluso a diferentes tiempos y distintos escenarios, haciendo que el espectador en ocasiones estuviera un tanto desorientado, aunque siempre se solucionaba bien al final de los capítulos. Mención especial a la soberbia escena en la que aparece la banda de Héctor en versión japonesa acompañada por la canción Paint it Black, de los Rolling Stones, tocado con un tradicional Koto japonés. El transcurso de la serie paulatinamente se iba convirtiendo en un ávido debate sobre valores morales en el que la frontera entre el bien y el mal se cruzaba constantemente por muchos de los personajes. Como si de un combate de púgiles se tratare, en la esquina artificial teníamos a una Dolores (Evan Rachel Wood) justiciera y maquiavélica, junto a Maeve (Thandie Newton) gurú robótica y madre que anhela el agonizante reencuentro con su hija, entre otros. En la esquina de los humanos teníamos al William (Ed Harris) más paranoico de la serie junto con los mandamases de Delos descubriendo sus objetivos reales en el parque. Contra pronóstico, arrojando un poco de luz al asunto, compartía el rincón del ring el jefe de narrativa, Lee Sizemore (Simon Quarterman), que si bien nos tenía acostumbrados a una tiranía majestuosa y repelente, nos sorprendió enseñando su lado más tierno y protector de la mano de Maeve y la banda de Héctor.

Como árbitro de la batalla teníamos a Bernard Low (Jeffrey Wright), un ingeniero robot habituado a caminar entre humanos. Por aprecio a la serie y respeto a los lectores no destriparé el final de la temporada, pero sí avanzo que en la pelea las prácticas más sucias las llevamos a cabo en el bando de los humanos, teniendo la ambición indexada en nuestro núcleo de control. Y es que, pese al empeño de querer ver la belleza en este mundo, muchos quieren verlo arder, anhelando placeres violentos. Ya sabemos cuáles son los fines de los mismos.

 

 

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