Tan pronto como han llegado, él ha empezado a marcharse. El nuevo gobierno socialista ha entrado abriendo las puertas de par en par sin llamar al timbre. Y es que la lluvia eterna primaveral y la política conservadora rancia de nuestro país se han desvanecido cual pastilla de la tos en un vaso de agua. La píldora parece estar quitando la carraspera en algunos aspectos de nuestra democracia. Muchos son los que dicen que esta pastilla no deja de ser una gominola con un sabor dulce, de esas que vienen en pulseritas y gustan tanto a los niños, que dejan un sabor agradable en el paladar  y unas pocas muelas picadas. Todo depende del consumidor, por supuesto, pero la ingesta de la pastilla ha supuesto el inicio, de verdad, del desplazamiento del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos. Apunto que es el inicio de verdad porque el PSOE ya presentó una proposición de ley en noviembre del año pasado por la que el Estado localizaría y exhumaría las fosas con los cuerpos asesinados del franquismo, sancionaría a instituciones con simbologías franquistas y la retirada de los restos de Franco del Valle de los Caídos, según informa el periódico El País.

¿De veras es necesario todo esto? Me van disculpar la ingenuidad, pero hay que cosas que me cuesta entender. Me cuesta entender que un país democrático guarde culto a través de diferentes elementos a un dictador que lo mutiló durante años. Me cuesta entender que esté permitida una institución cultural llamada Francisco Franco, un bar llamado Casa Pepe en el que se guardan retratos, banderas, tazas, platos y todo lo que imaginable loando la figura del dictador; también me desconcierta que un tal 20 de Noviembre haya gente que se concentre en pleno centro de Madrid y realicen discursos conmemorativos a la figura de Franco. Me cuesta entender que la gente siga buscando a sus familiares asesinados en rincones y cunetas. Me cuesta comprender que el director de una orquesta criminal esté junto a las víctimas de su sinfonía. Y lo que más se escapa de mi entendimiento es que todo esto no esté penado por la ley. No es que me cueste entenderlo, es que no lo entiendo y sin embargo, como en un mal guión, pasa.

España es un país de etiquetas. No puedes no ser de algo, aquí siempre andas en un bando. Eres rojillo o eres un facha, todo o nada. Funciona así. La vieja mecánica de los bandos enfrentados no ha parado los engranajes. Un poco oxidada, eso sí, pero cumpliendo las mismas funciones que años ha. La guerra política es una herencia directa de nuestra historia que siempre estará presente entre el populacho. Siempre habrá quien diga que Franco hizo pantanos, otros que nieguen los crímenes republicanos. Algunos todavía seguirán llorando por sus parientes muertos en paradero desconocido.

La nueva transición ha comenzado. Aquellas viejas costumbres encostradas por el mal hacer del tiempo, empeoraban con la aplicación de sal y vinagre en el centro de la herida. Al fin se ha cambiado la receta y se ha empezado a verter agua. Tarde, eso sí.

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