Ellos no tienen nombre, o por lo menos, ninguno con el que poder nombrarlos. Tampoco tienen vivienda, ni una vida que poder mostrar en las numerosas redes sociales que el ser humano ha inventado para engañar con actitudes frívolas y estúpidas a otras personas. No tienen, o desde luego, aparentemente, una familia en la que apoyarse y descargar la rabia acumulada después de una larga jornada de trabajo con un jefe autoritario, que vela, principalmente, por su beneficio personal.

Comportamientos cotidianos de personas con vidas normales que no pueden desempeñar de la misma manera.

Casi siempre, ocupan el mismo lugar en el mismo parque en el que todos paseamos tranquilamente, o la misma calle, es igual. El caso es que, con el tiempo, se convierten en un elemento más de la ciudad; no molestan, no obstruyen el paso y, sobre todo, resultan prácticamente seres camaleónicos para el resto de transeúntes.

Horas que se hacen días. Días que se hacen años.

Ayer, al pasear por una de esas calles céntricas que toda ciudad de renombre nacional e internacional cuida con tanto mimo, caminaba con paso firme y decidido, contemplando a cada paso la ciudad que se abría ante mi camino, mientras pensaba en las innumerables historias que cada uno de nosotros tenemos, y que, por regla general, suelen ser pensamientos tóxicos de una vida contaminada que, desde luego, no llevan a absolutamente nada. Mientras hacía mi camino, la vi de lejos, pero supe inmediatamente de quién se trataba. Bueno, en realidad no sabía quién era exactamente, porque no conocía su nombre ni tampoco algún dato personal, pero supe con certeza quién era. Al pasar, la vida resultó ir más despacio, como si alguien hubiera ralentizado el tiempo para que pudiera verla con claridad. Nuestras miradas se cruzaron; solo un instante, solo una milésima de segundos en los que pude entrever lo que ella pensaba o quería decirme, como si sus ojos intentaran explotar de tanta pena que llevaba tras de sí, y quisiera que yo pudiera escucharla, aunque fuera tan solo unos segundos.

Me fui, tan solo después de contemplar de manera rápida y por encima su campamento improvisado: un colchón, una mochila, mantas y algunos objetos de poca utilidad.

Pasados unos minutos, recordé que en ese mismo hueco donde ella se encontraba, hacía escasos meses vivía un hombre, siempre acompañado de una libreta en la que escribía casi compulsivamente, y al lado, una pequeña mesita de cartón en la que tenía un mensaje para todo aquel que pasara delante suya.

La historia parece que se repite; esta vez, comienza una nueva vida en un nuevo lugar en el que poder seguir sobreviviendo al día y a la noche, mientras la impotencia de no aspirar a algo más va consumiendo lentamente, pero garantizando un final. ¿A dónde? Nadie lo sabe, solo ellos. Quizás, algunos habrán perdido cualquier leve esperanza que les haga salir de esa posición, pero, aun así, no tienen el valor o no quieren tomar la radical decisión de finalizar su historia con un punto final que termine de una vez por toda con todas y cada una de las condiciones indignas en las que malviven día tras día.

Ellos tienen nombre. Quizás, no lo suficientemente conocido como para relacionarlo con una cara popular que nos haga estremecer de dolor y compasión.

 

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