Desde la constitución de 1978, España es considerado un país aconfesional, es decir, un país que no reconoce como oficial ninguna relación aunque es muy común que establezca ciertos acuerdos con determinadas prácticas religiosas. A pesar de lo que se piensa, un estado aconfesional no es un estado laico, ya que un estado laico es independiente de cualquier religión y no puede establecer ningún tipo de acuerdo, como una forma de considerar que la religión no tiene que inmiscuirse en los asuntos públicos.

Con la aprobación de esa constitución en los años 80, con el fin del franquismo, los cambios fueron notables, ya que ahora el estado aconfesional no podía cerrar bares o lugares de ocio durante algunas horas en los días centrales de la llamada Semana Santa, o tampoco prohibir el consumo de bebidas alcohólicas durante las 24 horas anteriores a la festividad, como sí hacían antes cuando el estado español tenía como religión oficial la católica.

Por su condición aconfesional, el Estado y los gobiernos locales no deberían promover ninguna política o medidas que favorezcan a una religión y no a otras; y es a raíz de esta hipótesis (llamado hipótesis y no hecho, porque en la práctica explicaré como no siempre es así en España) donde planteo una pequeña reflexión, y es por la cual, con la celebración de diferentes procesiones, romerías, y otras actividades propias de la religión durante, ya no sólo la Semana Santa sino también el resto del año, el panorama urbano es modificado: el centro de las ciudades es cortado al tráfico de turismos y transporte público para dejar paso a esas manifestaciones religiosas que no todo el mundo profesa, mientras que para otras festividades que a pesar de que lo que se piensa también tienen una antigüedad palpable, no se ofrecen esas posibilidades, como podemos ver en la polémica de diferentes ayuntamientos a raíz de ciertos partidos políticos como de vecinos que se quejan de la celebración del Carnaval (sobre el que esta revista ha publicado un artículo), el Orgullo gay, las huelgas poniendo como ejemplos las más recientes que son la huelga feminista del 8 de marzo (sobre la que también hay una serie de artículos en esta revista), respecto a las pensiones o las reformas universitarias, cabalgatas relativas a la navidad…

¿Serán estas facilidades hacia la celebración de estas festividades de la Semana Santa una muestra de un carácter aún palpable en los gobiernos locales propio de un pensamiento tardofranquista que se quiere imponer lentamente, o un adoctrinamiento propio de la época medieval, o simplemente es la práctica de la tradición la que nos hace verlo como algo normalizado?.

 

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