Ese niño le amaba sobre todas las cosas. Recortó un trozo de cartón y preparó un mensaje con rotulador negro: “Por favor, quédate. Eres mi héroe”. Desde su convicción infantil pensaba que, con ese minúsculo cartel entre una marabunta de caras desconocidas, camisetas y bufandas rojas, puede aportar su granito de arena y conseguir cambiar su decisión.


Pero aquel dulce pequeñín de cabellos rubios se iba a dar una hostia con la verdadera realidad. Acuerdo de muchos millones mediante, Philippe Coutinho hacía las maletas y cambiaba Liverpool por Barcelona. Una ducha fría de realidad, aquella historia no iba a tener, desde luego, un final feliz. Se cerraba, seis meses después, uno de los culebrones del verano futbolístico. Tanto el propio Cou como el F.C. Barcelona han logrado su meta, usando unas tácticas sucias fuera del campo que no voy a detallar, porque aún tiempo después me seguirá cabreando pensar en ello.


Se veía venir desde verano, que aquella comunión mágica que otrora tuviera el brasileño con Anfield, se había tornado en una incómoda agonía que tarde o temprano iba a ser cortada de raíz. Que Cou se marche ahora supone un jarro de agua fría por lo que supone a nivel deportivo. Pero a ese niño, le han quitado una parte de él. Su “héroe” le ha decepcionado. Se le cae el mundo encima.

Supongo que es solo el comienzo. Este club lleva mucho años vendiendo a sus estrellas. Es una lástima, pero antes que él fueron otros: Suárez, Torres, Mascherano, Xabi Alonso, Rush, Keegan… Es ley de vida. Cada día son menos las figuras que encarnen un ideal de nobleza y lealtad. Que trasciendan más allá de goles, asistencias, y demás parafernalia. Aquellos cuya figura se funde con el escudo.

Todos los aficionados hemos sido alguna vez ese niño con el corazón roto. Pero la vida sigue. Unos se van, otros vienen. Coutinho ya es pasado, toca centrarse en el presente, y sobre todo, mirar hacia el futuro, aunque duela sin el brasileño siendo parte de él. Pero no es el nombre de la espalda lo que importa, es el escudo que va por delante. Eso siempre queda. Y seguro que ese pobre renacuajo pronto se dará cuenta. Todo lo hemos hecho, al fin y al cabo.

 

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