Era el año 399 a. C. y Sócrates cumplía 70 años, muchos compatriotas suyos se la tenían jurada desde que acogió en su escuela a Critias, integrante del cuerpo político-militar de los 30 tiranos que sometió a Antenas a matanzas y vaciamiento económico durante un año. Además de acoger a Critias, Sócrates había cargado durante años contra los sofistas, que enseñaban para enriquecerse a los aristócratas de la ciudad. Por todos estos odios, sus detractores, le acusaron de intentar introducir nuevos dioses y por ello fue condenado a muerte. Se ha sabido a través de testimonios de la época que pudo huir pero prefirió quedarse y cumplir su condena, pues pensaba que era lo justo acatar las decisiones del Senado, corrupto por las ideas de sus detractores. Murió envenenado por cicuta y así lo recogió Fedón:

Él paseó, y cuando dijo que le pesaban las piernas, se tendió boca arriba, pues así se lo había aconsejado el individuo. Y al mismo tiempo el que le había dado el veneno lo examinaba cogiéndole de rato en rato los pies y las piernas, y luego, apretándole con fuerza el pie, le preguntó si lo sentía, y él dijo que no. Y después de esto hizo lo mismo con sus pantorrillas, y ascendiendo de este modo nos dijo que se iba quedando frío y rígido. Mientras lo tanteaba nos dijo que, cuando eso le llegara al corazón, entonces se extinguiría.
Ya estaba casi fría la zona del vientre, cuando descubriéndose, pues se había tapado, nos dijo, y fue lo último que habló:
—Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides (Con ello alude al dios de la medicina y la salud, bromeando con que no le siente mal el veneno).
—Así se hará, dijo Critón. Mira si quieres algo más.
Pero a esta pregunta ya no respondió, sino que al poco rato tuvo un estremecimiento, y el hombre lo descubrió, y él tenía rígida la mirada. Al verlo, Critón le cerró la boca y los ojos.
Este fue el fin, Equécrates, que tuvo nuestro amigo, el mejor hombre, podemos decir nosotros, de los que entonces conocimos, y, en modo muy destacado, el más inteligente y el más justo.

 

Tras la muerte de Sócrates no fueron pocos los que se arrepintieron de haberlo condenado, llegando a juzgar a los que lo acusaron. En su honor se colocó una estatua suya en la puerta de la Academia Moderna de Atenas, glorificando a uno de los filósofos más importantes de la historia de la humanidad, al que el poder demagógico de la democracia le jugó una mala pasada.

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