Madrid está abarrotado de gente haciendo sus compras de Navidad, pero no muy lejos del centro, en el Paseo de la Castellana, hay una realidad muy diferente. Una exposición de Auschwitz, el mayor campo de concentración nazi, nos acerca a los años 40 en el corazón de Europa.

Con más de 600 objetos originales y 60 explicaciones en una audioguía, el Centro de Exposiciones Arte Canal te va guiando por la historia de los judíos, de la ideología nazi y en qué momento se entrecruzaron. Pero su cometido no es solo contar lo que ocurrió, sino que invita a la reflexión: si ya ocurrió, puede volver a suceder. Los numerosos testimonios, tanto grabados como escritos, de la exposición, dicen lo mismo: no podemos permitir que algo así aflore de nuevo. El odio al que es diferente, ya sea por su color de piel o por orientación sexual, no puede permitirse. Los nazis gasearon a todo aquel que no se ajustaba a la “raza aria” y al prototipo que querían: gitanos, judíos, homosexuales y adversarios políticos fueron borrados de la historia. Y esto es lo que cuenta la exposición: ya no solo trataban de deshacerse de ellos, de la persona, sino también aniquilar toda prueba de que habían existido. Sus propiedades se vendían a otras familias, sus títulos universitarios se quemaban, fotos, ropa, pertenencias, se hacía todo lo posible por destruirlo.

Pero esta no solo trata el horror de las cámaras de gas, el hambre y las palizas, sino de la vida en el campo y cómo era más fácil sobrevivir si te apoyabas en alguien. Numerosos supervivientes coinciden en que, paradójicamente, quien compartía su comida era el que más tiempo sobrevivía, porque aunque parezca difícil confiar en alguien en esta situación, las personas sacaban su lado más humano entre tanta oscuridad. Esto es algo muy destacable de la exposición: no te cuenta únicamente las atrocidades que todos sabemos, sino que te intenta acercar a las víctimas con emociones como la solidaridad.

 

También se hace mención a algo que mucha gente se pregunta: ¿cómo se permitió algo así? Por supuesto, la exposición muestra cómo había empresas que se aprovechaban, ya no solo de Auschwitz, sino en general de los campos de concentración. Unos vendían sus trajes, otras eran empresas químicas que producían el Zyklon B, el gas venenoso que era capaz de matar a 2000 personas en media hora. Para esas empresas, las personas encerradas en esos campos eran medios para sacar dinero. Aunque el recorrido también se muestran personas que se jugaron su vida para salvar a muchos de la muerte, como Juan Schwartz Díaz-Flores, cónsul de España en Austria, y otros muchos diplomáticos que expedían pasaportes en secreto para ayudar a la población perseguida a huír a otros países.

Y es que la exposición se ha centrado en eso: en las personas. Ya no solo en los objetos, que obviamente ayudan a la comprensión de lo que ocurrió, sino en dar voz a los supervivientes, pues ellos son la mejor forma de concienciar. Este recorrido no trata a las víctimas como una masa, como a un total de un millón cien mil personas que murieron en Auschwitz, sino como gente corriente (que es lo que eran) antes de sus detenciones. Personas individuales, con voz y una vida.

 

Y sobre todo en el miedo. La exposición visibiliza el miedo que tuvieron que pasar todos y cada uno de ellos. Muchos, cuando les mandaban desnudarse antes de llevarles a las cámaras de gas, ni siquiera sabían lo que les esperaba, pues se acababan de bajar del tren, engañados, con la promesa de un hogar y un trabajo. Otros relatan la famosa “marcha de la muerte”, la más conocida en enero de 1945, cuando, nueve días antes de que los soviéticos llegaran a Auschwitz, las SS ordenaron a los prisioneros que quedaban andar hasta Wodzisław, a 55 kilómetros de distancia, donde fueron puestos en trenes hacia otros campos. Muchos de ellos murieron de agotamiento, frío o hambre. Una superviviente contaba cómo sus hermanas la sujetaban de brazos y piernas para que durmiese, pues las marchas duraban días y no paraban en ningún momento. Quien se quedaba atrás, le disparaban. Esta exposición es altamente recomendable para quien quiera conocer lo que ocurrió, pues toca todos los temas y ramas de lo que fue el Holocausto. Eso sí, tómatelo con calma.

 

Termino con una frase de un superviviente: “Somos los zapatos, los últimos testigos. Somos zapatos de nietos y abuelos, de Praga, París y de Ámsterdam, y, como somos de tela y de cuero –y no de carne y hueso-, nos hemos salvado de arder en el infierno.”

 

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