Desde pequeña, siempre se me ha dicho que la educación en España era una de las mejores a nivel mundial; que tenía suerte de haber nacido en este país por ello y por muchas cosas más. No lo niego, de hecho. Pero liberemos la educación de nuestro país de comparaciones con países subdesarrollados en los que apenas existen escuelas y centrémonos en la verdadera realidad.

Si dividimos toda la educación que recibe un niño o niña desde los tres años hasta los dieciocho, por lo general, nos encontramos con cuatro etapas: educación infantil, educación primaria, la E.S.O y Bachillerato u otras variantes como formación profesional, grados medios…etc. Como ya he dicho, empezamos nuestra educación dentro de un centro escolar a los tres años; los niños, ilusionados con el “cole”, se levantan a las ocho de la mañana aproximadamente para entrar a un edificio en el que permanecerán dentro cinco horas como mínimo; dependiendo de si el colegio en cuestión tiene jornada partida o continua. Lo pasamos bien en infantil ¿verdad?, los pocos recuerdos que tenemos de esa parte de nuestra tierna infancia suelen ser agradables: los deberes consistían en dibujar, aprender a leer, escribir números y practicar la escritura de tu nombre. Eran cosas que íbamos a necesitar saber para pasar a la siguiente fase: primaria.

La educación primaria, o “el cole de mayores” es algo mucho más serio, según nos dijeron. Podíamos seguir jugando y siendo niños, por supuesto, pero siempre bajo la misma cantinela que nos acompañaría ya durante el resto de nuestra vida: ya sois niños de primaria, tenéis que portaros bien. Lo que no entiendo es cómo pretenden que un niño de ocho años permanezca cinco horas sentado en una silla, sin moverse, sin hablar con nadie si no es para resolver una duda, escuchando a un profesor que le está enseñando cosas tan esenciales como las matemáticas, lengua castellana, conocimiento del medio o simplemente influenciando a ese niño, que en pleno desarrollo en el que, permitidme la comparación, es como una esponja que absorbe todo lo que ve y oye, entiende que el colegio es un sitio al que tienes que ir obligatoriamente a que un profesor, al que si no haces caso te castiga, imparta una materia aburrida; sí, aburrida. No se puede pretender que un niño muestre interés por aprender si lo que le estás transmitiendo es que aprender es “un rollo”.

Luego, está el tema de los deberes: son necesarios y excesivos a la vez. Necesarios porque es importante que un niño aprenda a trabajar sin ayuda de un adulto para que su inteligencia se desarrolle. Y excesivos, porque un niño también necesita tiempo para hacer actividades deportivas, lúdicas y de carácter personal, como pasar tiempo con su familia. El sistema educativo en España no permite esto, ya que los niños llegan a casa sobrecargados de deberes de todas las asignaturas, lo que les quita el tiempo necesario para desarrollar su psicomotricidad con el deporte, su imaginación y creatividad con los juegos, su personalidad con actividades que disfrute y su capacidad emocional con su familia y amigos.

Por fin llega esa temida etapa: el instituto. Muchas veces esta etapa se caracteriza por un cambio de ámbito, de compañeros y de profesores. Empieza lo serio, nos dicen los profesores, aconsejándonos que estudiemos todos los días para no ir agobiados al examen. Esto tiene menos sentido que el parabrisas de un submarino. Además de los deberes y trabajos, cuyo volumen crece considerablemente, los adolescentes deben compaginar la etapa más confusa de su vida con estudiar, hacer los trabajos ya citados, hobbies y relaciones personales. Es entonces cuando se empieza a reducir el tiempo para dormir porque no dan abasto con todo.

De nuevo, un adolescente de catorce años, por poner un ejemplo, debe estar sentado seis horas o más en una de las sillas de una clase abarrotada, escuchando la misma teoría que el profesor lleva impartiendo muchos años de la misma manera, sin tener en cuenta que con los años las generaciones cambian, sin tener en cuenta que cada alumno es diferente y en consecuencia tiene unas necesidades de aprendizaje diferentes. Pero en este modelo lo único que cuenta es tener buena memoria y entender rápido los conceptos para fijarlos en la cabeza el suficiente tiempo para aprobar un examen. Porque ese es el verdadero objetivo que nos han implantado desde pequeños: aprobar los exámenes.

Lo mismo pasa en Bachillerato, por mi experiencia durante mi paso por él, tu nota te definía frente a la mayoría de profesores, te conviertes en un número, porque es el objetivo para pasar la Selectividad y poder salir de ese infierno de presión por estudiar: la nota de corte de la carrera u otra opción que quieras hacer en el futuro. Esa nota es el fin de las clases interminables de algo que no te interesa en las que luchas como si estuvieras en una guerra por el sueño que te indica que, verdaderamente, necesitas dormir más, en las que siempre recibes información, pero nunca te permiten darla, en la que memorizas las opiniones de personas ya fallecidas sin que te enseñen a dar la tuya. Porque ese es el problema, queridos responsables de la educación en España: que nunca nos preguntan. No saben qué sabemos, qué opinamos, qué nos interesa. Necesitamos gente que nos enseñe a pensar de verdad, no recortes en las asignaturas con las que tenemos una mínima oportunidad de desarrollar un espíritu crítico. Necesitamos cultura general y que estimulen nuestro interés por aprenderla. Necesitamos más práctica en la vida real y menos teoría. Necesitamos que la ignorancia y el abandono escolar entre los jóvenes sean erradicados por un sistema educativo mejor.

 

Porque la educación es aprender, no estudiar.

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