“Entraba en sus planes salir de fiesta aquel día. Se lo comentó a sus padres, y obtuvo por respuesta un “Cariño, ten cuidado. No vuelvas muy tarde ni por el callejón para llegar antes a casa, y tampoco te pases bebiendo que ya sabes lo que te puede pasar”. Aquellas palabras, obviamente, no frenaron sus ganas de salir. Ya iba por el bar de la esquina cuando los silbidos empezaron a escucharse de fondo, y aún sabía que su camino hasta donde estaban sus amigos estaba repleto de miles de bares más. Sabía lo que le esperaba, aunque también sabía que no podía evitarlo. Tan solo omitirlo. Cuando al fin se reunieron, el grupito no tardó en poner en tela de juicio su look escogido para aquella noche. Ya estaban todos listos para comenzar la fiesta.

 Un par de cervezas, otro par de cubatas y algún chupito fue lo suficiente como para empezar a calentar en aquella discoteca. Y no tardaron en decidirse para salir a la pista. Allí no cabía ni un alfiler, pero tampoco más agresiones. Notaba como cada chica que pasaba por su lado le tocaba el culo, y alguna más atrevida le pasaba el codo por sus pechos al bailar. Él se sentía indefenso entre aquella manada de leonas, y más cuando le clavaban la mirada tan fijamente que parecían estar desnudándolo con la mente.

No paraba de escuchar comentarios tipo “guau, como te muevas igual en la cama que en la pista…”, u otros como “a ese lo cogía yo y lo violaba”. Pero claro, ¿qué podía hacer ante esos comentarios? ¿Ponerse a repartir guantazos? No daría abasto si por cada comentario que oyese tuviera que repartir uno. Ya estaba al acabar la actuación del DJ. Ya estaban las típicas pasadas de drogas que quedan a esa hora repartiendo violencia por toda la discoteca, y más aún en la puerta. También veía como cogían a los pobres hombres indefensos y los llevaban a sus casas, o como los empotraban contra la pared para que les hicieran caso y, pobre de ellos. Así que él decidió tomar el camino a su casa, el más rápido, porque estaba tan cansado de aquella noche que sólo pensaba en llegar a su cama.

Tomó la dirección al callejón, ya que le impedía dar toda la vuelta tonta hasta la siguiente calle. Ni si quiera se acordó de las palabras de sus padres, y si lo hubiese hecho le habría dado igual; no cumpliría con ninguna de las cosas que le advirtieron. Maldita aquella decisión. No esperaba encontrarse con las mismas desgraciadas que ya le habían manoseado el culo en la discoteca y, maldito aquel desafortunado encuentro. Lo violaron. A pesar de oponer resistencia, consiguieron violarlo y darle una paliza después de aquello. Allí se quedó, tirado en el suelo, con la camisa rota y los pantalones bajados. No fue hasta pasada una hora que lo encontró una mujer que salía de su casa para ir al trabajo, y avisó a la policía de aquel hallazgo. Sus padres lloraban y le recordaron de por vida lo que le podía pasar por el simple hecho de ser hombre, y que por eso no podía pasarse con el alcohol, ni vestir provocativo, ni pasar por callejones en altas horas de la madrugada… Nadie comprendía que la culpa no era suya, y eso le hacía sentir aún más culpable.”

 

Esta historia, conforme está tratada, parece absurda y un caso aislado, pero todo cobra sentido cuando le damos la vuelta a la tortilla y “él” pasa a ser “ella”, y “las violadoras” pasan a ser “los violadores”. ¿Por qué consentimos vivir en un mundo en el que toda historia macabra cobra sentido si le cambiamos el género? ¿Por qué diferenciamos esta historia como tal y no la confundimos con el relato de una persona que realmente ha sido violada? Porque el protagonista es un hombre, y eso hace perder el sentido a este relato. Si fuese una mujer, sería un caso común de la vida real.

 

Démosle un giro a la historia y veamos qué historias más absurdas pueden llegar a leer.

 

 

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