A pesar de no ser una noticia novedosa, la terrorífica historia de “Los ángeles de la muerte” nos sigue impactando. La impotencia que llegamos a sentir al saber que miles de mujeres están siendo violadas y maltratadas es infinita. Más aún cuando no podemos hacer nada por parar el día a día de estas supervivientes. Si ya nos conmueve la crueldad con la que conviven estas mujeres, más aún lo hace la historia que viven en el barrio de Badia (Nigeria). Si ya no era suficiente estar bajo las sucias manos de la trata, también lo están bajo las de VIH. Aun siendo conscientes, miles de hombres pagan una miseria para violar y maltratar a estas mujeres y niñas, dejándolas embarazadas y contagiándose ellos mismos por el virus.

 

Su esperanza de vida es tan a penas de 28 años (si llegan a cumplirlos), pero pobre de aquella que tenga que vivir en ese infierno durante tanto tiempo. Sin asistencia sanitaria y unas condiciones higiénicas deplorables, sobreviven un día tras otro, dejándose apagar cada vez un poco más, como una vela, porque tan sólo son eso; objetos.Todo esto es un ejemplo más de que la violencia machista no tiene límites, además de demostrar también la extrema pobreza en un continente como África.

 

Ya vemos de lo que es capaz el ser humano cuando factores como ser mujer y ser pobre se juntan, una crueldad inimaginable que sólo estos “ángeles de la muerte” mujeres son capaces de soportar. Sólo está en nuestras manos empatizar con ellas e intentar ayudar mediante las ONG que luchan diariamente contra casos así, aunque no es lo suficiente para expoliar el remordimiento que nos deja ver las aberraciones que se cometen en el mismo mundo que compartimos tanto ellas como nosotras, y del que tenemos muchas razones para avergonzarnos de los actos de los seres humanos que habitan en él.

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