En diciembre de 2012 cesó la actividad en la central nuclear de Garoña, después de más de 40 años de actividad llegaba a su fin la producción de energía nuclear. Aún quedan otras 5 centrales nucleares pero todas ellas serán clausuradas más pronto que tarde. Todo esto se debe a su antigüedad, la vida de las centrales nucleares es limitada, y a un clamor popular en contra, alentado por asociaciones ecologistas y diversas ramas políticas. Pero… ¿Y ahora qué?. Cada año aumentan las quejas por la subida el precio de la energía, que ronda ya los 70 euros mensuales de media.

 

El problema reside en que nuestro país ha sufrido siempre un déficit grave de energía, lo que nos obliga a importar entorno al 75% de la energía que consumimos. Esto no suele ser problema, países como Francia, con su energía nuclear, o Rusia, con su gas natural, nos abastecen a un módico precio. Entonces llegan las subidas de precios y todos esperamos que nuestra factura se mantenga a la baja, pero la realidad es otra, en los últimos años la factura de la luz a subido entorno al 25%.

 

Pero vamos a centrarnos, los que apoyan el cierre de las centrales nucleares apelan a su peligrosidad y nos equiparan a Alemania, que para 2022 pretende clausurar todas sus centrales, 9 en la actualidad. La diferencia fundamental entre Alemania y España es que la primera posee minas de carbón de calidad, lo que les ha valido para mantener un alto grado de autosuficiencia energética. Sin embargo, en España, la falta materias primas ha obligado a progresar en el uso de energías limpias. Aunque es un gran avance que nos pone en la élite energética mundial, por desgracia las renovables aún tan sólo pueden cubrir entorno al 16,2% de la demanda según BP España. También deben perfilarse mejor, pues no olvidemos los otros tipos de contaminaciones que provocan las energías limpias, como la paisajística o la alteración de los cauces en el caso de las hidroeléctricas.

 

Sus defensores nos enfocan la energía nuclear como limpia, pues no produce gases tóxicos, y renovable. Además apelan a los datos de empleo y a la alta eficiencia de este tipo de energía, que, aunque exige una alta inversión inicial, a la larga sale más barata que otros tipos de energía. La realidad es que salvo en épocas de escasez de empleo, nadie quiere tener una central o un cementerio nuclear cerca de su localidad, el recuerdo de desastres como Fukushima o Chernobyl está muy presente en la memoria colectiva.

 

A este culebrón de las nucleares se une uno aún más antiguo, el de los políticos que entran como directivos de empresas energéticas tras finalizar su carrera como “servidores del pueblo”. Así que, por una parte tenemos un sistema energético deficitario, a las familias que ven como sube el precio de la luz año tras año y a unos políticos que no quieren o no pueden mejorar el sistema energético de nuestro país. Tal vez cuando nos cierren el grifo y los precios sean insostenibles nos demos cuenta del marrón en el que estamos.

 

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