Desde hace unas semanas se están dando casos de turismofobia en varios puntos de España, destacando ataques a establecimientos y pintadas en Barcelona e Islas Baleares. Estos ataques han desatado el pánico entre los empresarios y una parte del turismo internacional y dado rienda suelta, una vez más, un encarnizado debate político.

Pero repasemos datos, el año pasado nuestro país recibió alrededor de 75 millones de turistas extranjeros que generaron unos ingresos de 77.000 millones de euros según fuentes del INE. El turismo bate récords y se sitúa como una de las principales fuentes de ingresos en nuestro país, generando el 11,2 % del PIB y empleando a alrededor de 2,5 millones de personas. Pero todos estos datos tan positivos tienen su lado oscuro, conforme aumenta el número de turistas, aumentan los problemas derivados del turismo. Desde el precio de los alquileres en Ibiza a la masificación en la ciudad condal, esto pone en riesgo el turismo y comienza a levantar ampollas entre algunos sectores de la población.

Ahora surge un problema, se han ido perfilando dos bandos, por una parte, los que se llevan gran parte del pastel insisten en las ventajas del turismo aludiendo, a los buenos datos económicos. Por otra parte, están los que sólo ven las desventajas del turismo y comienzan a atacar a turistas y empresarios, provocando que la situación empeore en vez de mejorar. Ambas posturas son, a mi parecer, tremendamente erróneas, con la primera ocurre como con la burbuja inmobiliaria, todos están felices con el dinero ganado facilmente pero no piensan en el futuro y cuando esta revienta se echarán las manos a la cabeza. La otra consiste en boicotear el turismo hasta que este se traslade a otro país debido a la inseguridad y entonces que esas zonas se desmoronen sin los ingresos que genera, entonces los mismos que no querían turismo lo pedirán a gritos.

Aunque estoy de acuerdo en que ver el casco antigüo de ciudades como Barcelona, Praga, París… plagadas de tiendas de souvenirs y de “guiris” es una imagen triste, la vía violencia está descartada. Existe una alternativa, exigir a los gobiernos que comiencen planes de regeneración del turismo. El turismo sostenible es posible y también resulta igual de agradable para el turista y rentable para el empresario. Las soluciones son variadas y pasan por limitar el número de visitantes a una zona en temporada alta, como es el caso de la playa de las catedrales en Galicia, donde se puede sacar un pase gratuito para visitarla, controlando así el aforo. Otra forma es potenciar el turismo rural y cultural entre los extranjeros y así desviar el interés del clásico “sol y playa” y de las ciudades más conocidas.

Como remedio más personal yo recomiendo visitar las ciudades de noche, actualmente muchos museos están comenzando a hacer visitas nocturnas a las que se puede acudir informándose antes en internet, ya que no son todos los días. Además yo siempre he pensado que no conoces una ciudad hasta que la ves de noche, un paseo a la luz de las farolas suele ser mucho más tranquilo y le da a las ciudades ese toque de encanto que no tienen durante el día.

 

Sea como fuere debemos comenzar a exigir un cambio progresivo y sostenible para que el turismo progrese y siga siendo uno de los motores que nos llevan hacia adelante. Resumiendo, turismo si pero no a cualquier precio.

 

 

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