Esta semana una noticia llamaba la atención a la prensa por su rareza. El juez de menores Emilio Catalayud se dejaba cortar el pelo por un menor al que condenó por robar en una peluquería. De primeras la noticia llama la atención, aunque este juez de menores es conocido por sus condenas ejemplares, el joven fue condenado a terminar el curso de peluquería en el que estaba inscrito y, una vez lo acabase, a cortarle el pelo al juez.

La curiosa condena se suma a otras ya llevadas a cabo por este peculiar juez, que siempre busca la reinserción de estos jóvenes a través de castigos que les valgan para evitar malas conductas en el futuro. En una ocasión condenó a un joven que había quemado papeleras a acompañar a los bomberos, en otra ocasión condenó a un hacker a dar 1000 horas de clases de informática a estudiantes. Estas sentencias le han labrado una reputación y actualmente ha publicado varios libros sobre educación para jóvenes y resoluciones jurídicas. Además colabora en blogs y da conferencias sobre su visión de la vida y el tratamiento a  los menores en el sistema jurídico.

Este juez es un gran ejemplo, pero es una pena que sea una excepción. Porque nuestro sistema jurídico, y el de la mayoría de los países, está más centrado en castigar que en reeducar. Condenar a una persona a pasar un tiempo recluida no sólo es perjudicial sino que a la hora de volver a la sociedad están igual o menos preparados para convivir en sociedad de lo que lo estaban cuando iniciaron su pena. Nadie contrata a un delincuente, ya sea adulto o juvenil, por haber cumplido condena, por tanto no tienen trabajo y vuelven a delinquir, lo que nos lleva a más condenas, más delincuencia…

Hay una noticia que se entiende muy bien junto a esta, la detención del violador del ascensor, liberado por la llamada “doctrina Parot”. Este hombre ha reincidido, es su tercera condena y se cuentan ya por decenas las víctimas que han sido agredidas por él. El problema a simple vista es que le dejaron libre, pero hay otro problema, este hombre no estaba preparado para volver a la calle, si se hubiera pensado en su reinserción, y no solo en su castigo, habría sido tratado por profesionales. En cambio nos encontramos con un violador que de nuevo va a ser condenado, esperemos que a la tercera vez nos demos cuenta de que unos años en prisión no van a ser suficientes para que esté preparado para vivir en sociedad. Aparentemente todo queda solucionado, pero deja un rastro de víctimas cuyas vidas no volverán a ser iguales.

No solo debemos exigir un buen sistema judicial que castigue, también hay que exigir un buen sistema penitenciario. La ley está para prevenir sus transgresiones, y que mejor forma de hacerlo que evitando que los que la incumplen vuelvan a hacerlo en el futuro.

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