El pasado domingo murió atropellada una persona y otras diez han resultado heridas cuando salían de rezar por el ramadán de la mezquita de Finsbury Park, situada al norte de la capital británica. El conductor de la furgoneta, un ciudadano inglés de 48 años, gritó que quería matar a todos los musulmanes. Este es el primer atentado islamófobo que sufre Inglaterra desde el inicio de los atentados del ISIS.

Se ha vuelto a demostrar la sinrazón de la ignorancia. Se ha vuelto a generalizar y tachar al islam de una religión basada en el terrorismo gracias al bombardeo de los medios que representan a los sectores más radicales de la sociedad e implantan el terror y odio hacia otras religiones. No, no todos son unos asesinos y tampoco todos interpretan el Corán de la misma manera que lo hacen los fanáticos, que sí son terroristas.

Se le llama terrorista a todo aquel o aquella que cree en Alá, pero no se le llama terrorista a todo aquel que mata en manifestaciones del orgullo o apalea a homosexuales en las discotecas. Eso para nada es un acto terrorista.

Se le llama terrorista a todo aquel nacido en las ciudades y pueblos donde el islam es la religión dominante, pero en cambio, no se le llama terrorista a aquel que atropella a personas que tan solo creen en una religión. Personas inocentes, tanto como las que también han muerto a manos de los verdaderos terroristas del islam.

Enhorabuena a todos los medios que han hecho posible este odio hacia el islam, y enhorabuena también a todas aquellas personas que se han dejado lavar el cerebro por los mensajes de odio. Resulta un poco desconcertante el hecho de que la persona que ataca a esta religión se queje de que son unos fanáticos a los que les han absorbido el cerebro mediante el islam, porque si se paran a pensar, estas mismas personas han sido influenciadas por los ataques hacia esta religión por parte de los medios que han propagado mensajes xenófobos.

 

Bienvenidos a la guerra de los lavados de cerebro, que gane el mejor.

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