2016, el año que hemos dejado atrás hace bastante poco, resultó ser un annus horribilis de manual en todos los ámbitos, pero fue especialmente cruel e impiadoso con los artistas de la canción: David Bowie, Prince, Leonard Cohen, Greg Lake, Keith Emerson… No fueron pocas las caras, más o menos conocidas, que nos arrebataron durante esos truculentos doce meses. No se recuerda una matanza cultural así desde el día que murió la música.

     De momento, 2017 no nos ha dado ningún disgusto. Pero mucha fe hemos de tener para que lleguen las uvas sin que nos rompan el corazón. Es ley de vida: antes o después hasta a los que parecen intocables les llega la hora. Aún así, esperemos que este 2017 no sea un año de muchos lutos y tristezas si no de aniversarios, efemérides y celebraciones, aunque de esto último seguro.

     Remarcar que se cumple medio siglo de 1967 y todo lo que eso conllevó. Probablemente, el pico más alto de la música popular por calidad, cantidad, variedad y significación. De la música siempre van de la mano grandes historias, pero es que ese año da para escribir una enciclopedia de varios tomos. Es un universo en sí mismo. Por ello, pretendemos rendir un pequeño y sentido homenaje a las grandes canciones, vinilos, artistas… que se nos brindaron en aquel lapso de tiempo tan corto pero con tanta magia que ofrecer.Por supuesto, en un pequeño y modesto anuario no podemos abarcarlo todo, pero trataremos de hacerlo de la forma más eclética y respetuosa posible: seleccionamos un gran evento, una canción y cinco discos irrepetibles, todos ellos forman parte del “sonido ‘67”.

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     Como muchas grandes historias, esta no empieza por el principio ni por el final, sino por la mitad. Y es que a principios de aquel verano, concretamente entre los días 16 y 18 de junio se celebró en los derredores del municipio costero de Monterey, California, un festival de la canción que es el punto de partida de nuestro camino. El Monterey Pop Festival. Ideado en las mentes de John Phillips, el líder de The Mamas and the Papas, un grupo de folk local que había gozado de éxito internacional con su primer vinilo; el productor del mismo, un entonces desconocido y aventurado Lou Adler y el jefe de prensa de The Beatles (y uno de los candidatos nominados a ser el quinto en discordia del cuarteto de Liverpool). La intención de estos tres era crear un festival de música pop y rock para validarlo como el movimiento artístico que era, estatus del que si gozaba el jazz que en Monterey hallaba desde 1958 una de sus grandes citas: el Monterey Jazz Festival. Los artistas partícipes no se llevaron ni un solo centavo por sus actuaciones, excepto Ravi Shankar, el gran músico indio que aceptó de buena gana tocar su sitar por 3.000 dólares (cifra que hoy en día se nos queda corta para un festival de esta magnitud… eran otros tiempos).

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     El festival fue un éxito tal que aunque la remesa para el recinto era de 7000 entradas, se calcula que acudieron hasta 8500 personas el sábado noche. En total unas 25.000 pudieron presenciar un hito histórico. Por primera vez se unieron artistas británicos (ya consagrados en su tierra) junto con bisoñas bandas americanas de la amplia geografía de EE.UU. (Nueva York, Boston, San Francisco, Memphis, etc.) junto por supuesto al ya mencionado maestro de la música hindú, Shankar.  La juventud que acudió comulgó con nuevas formas de entender el pop: el ensordecedor feedback de Jimi Hendrix; las excentricidades destructivas de The Who; el exotismo del sitar de Ravi Shankar, la incomparable voz de Janis Joplin; la psicodelia, el blues, el folk, el rock atronador… Muchas de esas bandas quedarían olvidadas tras un corto éxito, pero unos pocos como los citados se convertirían en referentes internacionales.

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     Claro está que en la mitología de Monterey también se funden los fantasmas de las actuaciones que no pudieron ser. Años más tarde se ha hablado de que por unas razones u otras, sobre aquel escenario no pudieron presentarse ni The Beatles (rechazaron tocar afirmando que su música era muy compleja como para ser trasladada al directo), ni Bob Dylan (recuperándose aun del accidente de motocicleta que casi le borra del mapa); ni Frank Zappa (por simple orgullo, al considerarse superior a las bandas psicodélicas de San Francisco), entre otros, pudieron redondear un acto ya de por sí magistral.

     Monterey situó a California como el punto focal de la contracultura que empezaba a bullir, y podríamos hablar de ello como el prólogo del llamado Verano del Amor que se estaba gestando desde ya en el barrio de Haight-Ashbury, San Francisco, unas 200 kilómetros al sur. Por supuesto, sirvió de ejemplo e inspiración para otros festivales que lo ensombrecieron en la memoria popular (hablemos de Woodstock).

     Quizás hoy en día podemos hablar del Monterey Pop Festival como la cúspide de la música popular. El comienzo de algo nuevo. Cuando realmente el pop dejó de ser un simple divertimento y se convirtió en algo más, en un instrumento cultural. Se creó un mapa internacional en que todas las bandas se enriquecían e influenciaban unas a otras, bullendo continuamente nuevos géneros y experimentos.

     Muchas veces, una gran historia es un conjunto de pequeñas, minúsculas historias, inconexas entre sí, que se entrelazan debido a una causa de gran magnitud. En la historia de 1967, la gran causa es el Monterey Pop Festival. Como se explicó en el anterior artículo, Monterey creó un mapa internacional: de melodías, canciones, vinilos, bandas, conciertos, etc. Detrás de uno de estos esconde una pequeña pero fabulosa historia. Unas son más conocidas, otras menos; unas han sido contadas más veces y otras menos; unas son más complejas, otras más sencillas… Pero la mayoría de ellas merecen ser contadas, y por eso este año 1967 es tan especial, tan único. Vamos con algunas de ellas.

Si vas a San Francisco, no olvides llevar flores en la cabeza… (13 de mayo)

     ¿Por qué no empezar con el ‘Verano del Amor’ celebrado en San Francisco?. Juventud, rebelión, drogas y música. Esta celebración estival, casi ritual (se celebró un funeral de pega para anunciar su final al término del verano) y que halló en el tema compuesto por John Phillips (creador y promotor del festival de Monterey) y cantado por su amigo Scott McKenzie una especie de himno oficial: San Francisco (Be Sure To Wear Flowers In Hair).

     El tema, folk de escasos arreglos, invitaba gentilmente a llevar flores en las cabezas a todos aquellos que acudieron a la ciudad californiana y que, apoyada en los escritos del poeta Allen Ginsberg, creó la imagen estética del hippie, impoluta a lo largo de los años: colorido, alegre, estrafalario… ¡Sin olvidar las flores, claro!

Se convertiría en el único éxito de su cantante, que viviría siempre a la sombra, incapaz de repetir aquel éxito.

El club de los corazones solitarios del Sargento Pepper. (1 de junio)

     De San Francisco cruzamos todo el Océano Atlántico para irnos a Londres, a los estudios EMI, dónde el genial cuarteto de Liverpool estaba a punto de sacar un álbum totalmente innovador, para muchos el mejor de la historia. Circulando alrededor del concepto de que todo se trata de un concierto de una banda ficticia que le da nombre: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, encabezados por el alter ego de Ringo Starr, Billy Shears, que “con la pequeña ayuda de sus amigos” nos lega un disco inolvidable, lleno de canciones redondas, donde conviven la música india, la música circense, el vaudeville, la psicodelia y el vanguardismo para crear un disco que continuaría cambiando el signo del pop como un simple entretenimiento a algo más serio y trascendental. Y el álbum, a su vez, dejaba de ser una colección de canciones, para convertirse en algo más.

La guitarra cosida al cuerpo. (12 de mayo)

     Volvemos a atrasarnos dos semanas, pero seguimos en el Reino Unido. Todas las buenas historias parecen surgir al albor de un caluroso verano, ¿verdad? Pero esta empieza a gestarse un año antes, con Chas Chandler, el bajista de los geordies Animals, que estaba preparado para salir de la banda y cambiar de aires, sin abandonar el mundo de la música. Él no quería tocar, quería administrar artistas y producir vinilos.

foto-hendrix     Mientras, en Nueva York, el guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards y su novia, conocieron a un guitarrista de R&B que captó su atención, James Marshall Hendrix, que a pesar de su juventud (24 años), ya llevaba un currículum envidiable como músico de sesión o de apoyo. Impulsado por ellos, James “Jimi” lideró su primera banda en el circuito neoyorkino, sin mucho éxito. Keith y su pareja le recomendaron a varios altos mandos, pero nadie consiguió ver su potencial. Y entonces ocurrió. Chas necesitaba alguien a quién administrar y aconsejar, y Jimi quién le promocionase y diese un rumbo. No se puede decir que naciesen el uno para el otro, pero en aquel momento se necesitaban como complementos.

     Chas montó una audición de las que surgieron dos miembros para una banda: el bajista Noel Redding y el batería Mitch Mitchell, dos músicos que correspondían el virtuosismo de Jimi en sus respectivos instrumentos. De unas fructíferas sesiones surgió un disco totalmente rompedor. Are You Experienced? era un disco complejo, virtuoso, lleno de detalles. Pero sobre todo destacaba el papel que correspondía a Jimi. Su manera de tocar la guitarra era algo casi celestial.  Para él, la guitarra era su quinta extremidad, estaba cosida a su cuerpo. Los sentimientos que él dictaba, su guitarra los reproducía. Nadie en el rock había tocado antes así, y por mucho que se diga, nadie más lo hará.

“Cuando rompí mi guitarra, fue como un sacrificio. Porqué uno sacrifica lo que más ama”. (En referencia a su actuación en Monterey, donde quemó e hizo trizas su guitarra).

A través de las puertas de la percepción (4 de enero)

foto-doors     Esta vez el salto temporal hacia atrás es notable. Casi medio año. Nos vamos a fechas invernales, concretamente a un 4 de enero, qué es cuando Elektra publica el primer long-play de los Doors, una banda de Los Ángeles, a pocas millas de la movida psicodélica y revolucionaria que se cocía en San Francisco (California, siempre cuna e inspiración de grandes artistas). Liderados por el carismático Jim Morrison, “El Rey Lagarto”, The Doors debían su nombre al ensayo de Aldous Huxley, Las puertas de la percepción (The Doors of Perception), un ensayo sobre sus experiencias alucinógenas con la droga que a su vez refiere su título a unos versos del poeta inglés William Blake en su obra “El matrimonio del Cielo y el Infierno”.

     El álbum es uno de los pilares fundamentales del rock psicodélico. Este quinteto nos invita a pasar a través de las puertas de la percepción con himnos atemporales como “Break on Through (To The Other Side)” “Light My Fire” o la icónica “The End”, que se inmortalizaría aún más al usarla F. Ford Coppola para su épica bélica, “Apocalipsis Now”.

     The Doors tendrían tiempo para sacar otros cinco discos más antes de que Jim Morrison fuese seducido para incorporarse al club de los 27, 4 años más tarde. Quizás mejores, más completos, pero ninguno tan icónico como este, su debut.

Un genio incomprendido. (5 de agosto)

     También es este el año en que debutan los eternos Pink Floyd, unos jóvenes londinenses liderados por Syd Barrett, un veinteañero cuyas ideas musicales resultaban casi alienígenas. Mediante la exploración de técnicas como la disonancia o el feedback, Barrett abrió una nueva puerta al rock psicodélico.  Aunque las mieles del éxito acompañaron a Pink Floyd mucho después, en la ausencia de Syd, él tiene la autoría de ocho de las once canciones que contiene Piper at the Gates of Dawn, que llevaba la música pop a territorios desconocidos, inexplorados incluso por las bandas psicodélicas de la escena de San Francisco. “Desvaríos” como Astronomy Domine eran algo nunca visto.

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     Los problemas con las drogas de Syd le convirtieron en una persona totalmente psicótica, desequilibrada e incapaz para las relaciones sociales, aunque su genio musical seguía intacto. Sus compañeros, conscientes de su aporte a la banda, quisieron mantenerle como miembro de estudio (como en su momento hicieron los Beach Boys con Brian Wilson, con una problemática similar a la del chico Barrett).

     Finalmente, Roger Waters, el otro alma máter de la banda, decidió expulsarlo del grupo, por su incapaz para plasmar sus ideas artísticas. Tras gozar de cierta salud con dos discos en solitario, las ambiciones musicales de Syd se fueron diluyendo y alejándose del foco del estrellato. A partir de los 70 fue un auténtico anónimo, viviendo con su madre a partir de 1978. En 1996, fue incluido en el Rock n’ Roll Hall of Fame como miembro de Pink Floyd, pero no acudió a la ceremonia.

     Syd Barrett murió el 7 de julio de 2006, a los 60 años. Viejo, solo, loco y casi sin reconocerse a sí mismo. Como un rey destronado. Como un genio incomprendido.

La influencia de un fracaso (12 de marzo)

     Este caso es distinto a los demás. El 12 de marzo lanzaron su debut The Velvet Underground, el grupo apadrinado por Andy Warhol. Un auténtico fracaso que solo logró vender 30.000 copias de inicio, una cifra desdeñable para algo relacionado con Warhol que en aquel momento era como mínimo, sinónimo de máxima atención.

foto-vu     ¿Por qué no triunfo “el disco del plátano”? Porque era demasiado, demasiado diferente. Si los anteriores discos nombrados se adentraban en terrenos totalmente desconocidos en el mundo del pop, Lou Reed, John Cale & cía. lo ponían todo patas arriba. No había canciones de amor verdadero. Las letras trataban sobre la resaca (Sunday Morning), el sadomasoquismo (Venus in Furs), tráfico y uso de drogas (I’m Waiting for the Man y Heroin). El mundo no estaba preparado para oír hits que tratasen esos temas. El pop era algo optimista, positivo, no se podía hablar del lado oscuro de nuestras vidas.

     Por otro lado, el álbum no era melódico estrictamente hablando. El uso de instrumentos preparados y la disonancia podría echar a muchos atrás, así como lo primitivo, casi amateur, de sus interpretes.

     Pero en el fondo, era un álbum de sonido cautivante, rico en matices, melódico y cálido. El mundo tardó un tiempo en entenderlo, y cuando por fin se dieron cuenta de su grandeza, la leyenda de The Velvet Underground ya estaba forjada. Miles de bandas se habían formado bajo el influjo de Reed y los suyos, a la sombra de Beatles o Rolling Stones, grupos de mayor éxito comercial. Había nacido el rock alternativo.

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