«El lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades, el asesinato una acción respetable y para dar al viento apariencia de solidez.» -George Orwell-

    George Orwell siempre lo tuvo claro; cualquier opción para ejercer como cronista de la sociedad de su época pasaba por denunciar una constante que se repite, una y otra vez, a lo largo de los años: el principal enemigo de la libertad de prensa son los propios límites que se imponen desde el poder. En ocasiones, incluso el periodista decide autocensurarse, lo que resulta incluso más deprimente. Una de las consecuencias más graves de esto es que, si la libertad de prensa se resiente, esto puede afectar a la libertad de expresión de todos los ciudadanos.

    En este caso, siendo él un hombre que fue testigo de primera mano de los horrores de la Guerra Civil española, su actitud vital era claramente pesimista. La verdad periodística y, por extensión la histórica, siempre caen del bando ganador. Por lo tanto, su visión del futuro siempre se vio condicionada por la aversión a los totalitarismos y por el miedo a que las mentiras pudieran pasar por certidumbres, en función de quién las registre.

    De esta manera, el Estado y toda su arquitectura institucional, puede ser una herramienta muy efectiva en manos de la propaganda del totalitarismo. De quién pretende imponer su propia verdad, reescribiendo incluso el pasado para asegurar su control del futuro.

    Mientras se van desvelando las primeras acciones del nuevo presidente americano, el libro de Orwell ‘1984’ se disparaba en las listas de Amazon, a pesar de haber sido escrito hace casi 70 años. Un auge en su popularidad que también sucedió tras destaparse el escándalo de los programas de vigilancia secreta de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) que desveló Edward Snowden.

    Un fenómeno que, en esta ocasión, se ha asociado a las declaraciones de la consejera del Gobierno estadounidense Kellyanne Conway. Tras la polémica sobre el número de asistentes a la toma de posesión de Trump, Conway defendió la existencia de “hechos alternativos” para rebatir la versión de los medios de comunicación.

   Una utilización particular del vocabulario que recuerda en gran medida a la neolengua orwelliana. Con este lenguaje los líderes del Ingsoc, partido único que domina a la población de una porción del globo llamada Oceanía, pretendían evitar no solo la expresión de ideas contrarias a los principios del partido sino incluso la posibilidad de que tales ideas fueran pensables.

    En la novela, por ejemplo, el llamado Ministerio del Amor es el responsable de administrar los castigos y la tortura, mientras que el Ministerio de la Paz se encarga de los asuntos relacionados con la guerra.

    Como anécdota, cabe señalar que incluso el propio Michael Bay ya se ha mostrado dispuesto a producir una distopía ambientada en un futuro no muy lejano. En ella, el presidente americano (de características muy similares al actual) lleva a su país a la bancarrota y China se convierte en el nuevo destino de los estadounidenses, condenados a emigrar.

     Mientras tanto, nos conformaremos con revisar la adaptación cinematográfica de la obra de Orwell, protagonizada por el recientemente fallecido John Hurt. Puede que nuestro 2017 sea una secuela de su 1984.

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