Mi primera vez con ella fue algo esporádico. Yo ni siquiera quería. De hecho, a mí me gustaba su amiga. Fui a aquella fiesta con la idea de follarme a la amiga guapa, y acabé con la fea. Pongamos que ella era exótica, entre asiática y europea, con toques de modernidad dentro de su país de fusiones. Tostada al sol, con pelo negro, como el azabache. Creo que era musulmán no practicante. Comía extraños platos, todos especiados, con olores fuertes y llamativos. Tenía problemas, como todos, que le hacían peligrosa. Puro morbo. Pura dinamita. Todo un volcán.

     Su amiga, la que no llamaba la atención de todos, la que no lleva tacones, era más joven. Poco atractiva, quizás más descuidada que fea, porque algo lucía en ella. Colmada de problemas, de guerras internas, estaba herida y se notaba en su mirada. Estaba fragmentada. Todos querían estar con ella para luego irse. Era insegura, y todo eso le hacía tener algo especial (siempre me han gustado las feas, mis colegas me lo dicen a todas horas). Pero yo quería con el bellezón del lugar, y me fui dispuesto a enamorarme de ella. Si tenía que bailar con la amiga, bailaría, pero tan solo sería un mero trámite para jugar con la morena de pelo oscuro. Joder, solo quería bailar con ella. Y lo conseguí. Bailé con ella, joder que si bailé. Durante diez días bailamos, jugamos, visité todo su cuerpo, nos comimos a besos. Pura pasión turca. Pero tuve que dejarlo como un amor pasajero, y hablé con su amiga (sí, sé que no se hace, el código de los colegas lo prohibe, pero tenía que pasar la pena).

     Comenzamos a hablar con recelo, niguno confiaba en el otro. Pero nos fuimos gustando, había química. Durante los siguientes quince días, ella me hizo olvidar toda esa pasión turca con sus inseguridades y sus problemas, toda su revuelta historia me conmovía. Ella era un mapa de países, egoístas, bellos y de aspecto seco. Pero las puestas de sol de las que disfrutamos juntos me calaron. Jamás había visto algo así. Ni lo había sentido. Una puesta de sol en Ohrid y caerás rendido. A si que tuve que volver para poder recorrerla entera. Pude volver a disfrutar de su romanticismo, de un atardecer en Zadar, de un amanecer en Bosnia, de una pita y una cerveza en Salónica. Pequeños placeres que solo ella, imprecisa y con aparato, me conseguía dar. Lo nuestro no terminó ahí, he regresado dos veces y todavía no he conseguido recorrerla entera, de hecho no he visto nada. Me he perdido por ella y solo siento que cada vez me queda más por descubrir. De sus complejos, de sus guerras, de sus países, de sus envidias, de sus exnovios abusadores, de ella. Creo que nunca podré saberte, creo que nunca podré conocerte, creo que nunca podré ser tuyo, porque al final, lo que nos une es la distancia. Pero te visitaré todo lo que pueda, te lo prometo, mi reina balcánica.

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