Ya no hay marcha atrás, Donald Trump se ha convertido en Presidente de los Estados Unidos y a pesar del largo periplo que inició como presidente electo a finales de noviembre, todavía hoy rechina ver al multimillonario firmando decretos y derogando leyes en el despacho oval. A mi esta noticia francamente no me produce ni frío ni calor; cualquiera que esté familiarizado con la cultura norteamericana sabe que Donald Trump además de un exitoso empresario, es un showman de manual. El GIF tan repetido en el que Donald le “pone las pilas” a Vince McMahon a los pies del ring de WrestleMania 23 es de hace 10 años. Y es que Donald es un tipo que siempre ha levantado pasiones: su reality ‘The celebrity apprentice’ era de lo más visto en la televisión. De alguna manera, los americanos encuentran un especial interés en los adinerados que de cuando en cuando, bajan de sus áticos y coches de lujo para ponerse a nivel de los mortales. Dicho lo cual, bien es cierto que con una campaña electoral plagada de comentarios racistas, machistas y un tanto exagerados (para la historia queda el: ‘because you´d be in jail’, que le espetó a Hilary en uno de los debates en relación a cómo actuaría contra los presuntos delitos de la ex-secretaria de estado si él fuera presidente) es lógico pensar que el mundo entero estuviera y esté, por lo menos expectante ante la administración del Presidente Trump.

Pero una gran mayoría, que podríamos llamar silenciosa, si atendemos a las (cada vez más equivocadas) encuestas, hizo posible que Donald Trump se convierta en el 45º presidente de los Estados Unidos. Un fenómeno sociológico que a muchos nos pilló desprevenidos y que resulta difícil entender a qué atiende: acaso la Clinton no era del agrado del común de los americanos

 

 

El despliegue mediático frente a la candidatura de Trump es nuevamente algo histórico. Incluso el New York Times, que se jactaba de no haber apostado nunca por un candidato, se decantó claramente en favor de Clinton. Pese a ello, los americanos tienen su propia forma de hacer las cosas. Lo que los analistas lo tratan de traducir como castigo político a Obama, turnismo político, triunfo del populismo…yo lo llamo simplemente: americanismo. Ese punto de vista, que a muchos de nosotros nos puede parecer ridículo en pleno siglo XXI, el de entregar el famoso “botón rojo” a una figura tan contradictoria como la de Trump se puede identificar perfectamente. Samantha Dean vive en Lacrosse Wisconsin, es estudiante de una doble titulación que combina comercio con los estudios de español. Para ella no hay duda: “Me sentí muy feliz cuando ganó Donald Trump. De mi grupo de amigos, le votamos la mitad”. Y sobre campañas mediáticas no quiere oír ni hablar: “Desde el principio los medios de comunicación solo decían cosas malas de Trump. Hablaban de escándalos y cosas que hizo y dijo en el pasado. Pero a mí eso no me importa. Cuando algunas personas critican el hecho de que no tenga experiencia política yo no creo que sea algo malo, creo que es exactamente lo que mi país necesita”.

En la conversación se respira un aire de nostalgia, una búsqueda del convencimiento propio, que podríamos llamar conservadurismo. “Tenemos que volver a los valores de nuestros antepasados. Hillary Clinton cuando era secretaria de estado usaba un correo electrónico personal para enviar y recibir información de muchísima importancia, de la seguridad de los Estados Unidos. Ella borró esos correos y mintió a todo el país”. La mentira como pena capital. Unos argumentos que han calado hondo en el electorado republicano y que han servido para otorgarle la victoria a Trump. “Tengo fe en nuestro presidente. Estoy emocionada por ver los próximos años del presidente Trump. Creo que reconstruirá nuestra economía, mantendrá las relaciones internacionales, creará trabajo, y por supuesto Make America Great Again”, recita Samantha, con la misma ilusión con la que lo hace su presidente.

Una argumentación, que supone un contrapunto claro a la visión periférica que pongamos, tiene el resto del mundo y por qué no decirlo, buena parte de su país. Porque en los Estados Unidos de América, la ley electoral también tiene su aquél. Aunque el voto popular (mayoría de ciudadanos) favoreció a Hilary Clinton, el común de los estados (voto electoral) otorgó a Donald Trump la confianza suficiente para ser investido presidente. El Estado de Wisconsin, en el que vive Samantha ha sido clave en estos comicios: “Mi estado normalmente vota republicano, pero algunos condados son más demócratas. Los estados que tienen más votos (depende de la población de cada estado), tienen más poder. Por ejemplo Wisconsin tiene 10 votos, y California tiene 55”.

Sin embargo, a pesar del miedo generalizado que se ha impuesto ante las políticas de Trump, no parece que su victoria, vaya a afectar a la vida como estudiante de Samantha. “En Estados Unidos, el sistema educativo no es gratis. Asistir a la Universidad cada año cuesta 20 mil dólares. Tengo que compaginar el estudiar y trabajar casi 30 horas a la semana para poder pagar el gasto de la matrícula. Existe la posibilidad de recibir préstamos y donaciones del gobierno pero no es lo común. Los estudiantes tenemos que pagar para aprender”, nos cuenta Samantha en un español perfectamente entendible, que dadas las circunstancias, de poco le va a servir hablarlo.

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