El mar, ese lugar donde puedes llegar a alcanzar la paz absoluta, donde te das cuenta de quién eres en realidad. Hay mucha gente que le teme, simplemente porque no saben lo que hay al fondo o incluso por el oleaje.

El oleaje, que maravilloso que es. Gracias a él, a un día de tormenta, apareció el surf en mi vida. Un deporte que no es para todo el mundo, solo para los valientes. Posiblemente te estarás preguntando que por qué digo semejante barbaridad; pues es muy simple, no todas las personas son capaces de ponerse delante de una ola de 10 metros de altura. Además vas a tener que remar hasta la rompiente y posiblemente, cuando hayas llegado al punto perfecto para poder surfear, no te veas con fuerzas de coger la ola. Y lo más importante, debes saber respetar al mar, pero no tenerle miedo, pues este sabe perfectamente qué hacer para hacerte caer de la tabla. Pero todo eso desaparece cuando la ves venir, cuando sientes que sube la adrenalina por todo tu cuerpo, cuando quieres estar en la cresta, cuando quieres ser parte de ella.

 

Hay que dejar claro una cosa, y es que este deporte no es una tontería. Si te quedas en la parte del “principiante” y solo surfeas olas de un metro o dos, perfecto. Pero si sientes que quieres aspirar a más, a nuevos objetivos, ten mucho cuidado, pues las grandes olas no son un juego. Las “Mavericks” (olas de gran tamaño) se han cobrado la vida de muchas personas y estoy más que segura de que lo seguirán haciendo. Lo único que podemos hacer para evitarlo, es ser uno  con la ola, querer llegar a la cresta, sí, pero nunca olvidarse de que un mal movimiento y estarás jodido.

En definitiva, este mundo, y concretamente este deporte, necesita gente que le ponga valor y ganas a la vida, gente que esté dispuesta a ponerse delante de una pared de agua la cual no va a tener ninguna piedad contigo. Pero te aseguro que como consigas dominarla te va a hacer sentir que eres una persona totalmente libre. Y es que señores, como dice alguien muy cercano a mí, la vie est courte.

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