Alejandra Andrade, la reportera del programa de cuatro “Fuera de Cobertura”, nos transportó el pasado lunes, 21 de noviembre, a San Petersburgo. Allí el mundo LGTB, acosado y maltratado, no tiene posibilidad de supervivencia. Rusia no es el único país que agrede a las personas por su condición sexual; otros 78 también lo hacen. Además, en Arabia Saudí, Yemen, Emiratos Árabes, Irán, Mauritania, Somalia y Sudán del Sur se castiga la homosexualidad con la pena de muerte.

Pese a que estamos en pleno siglo XXI, el gobierno de Putin instauró en 2013 la ley contra la propaganda homosexual delante de los menores de edad. La homofobia llega a tal extremo que creen que si pronuncias delante de los niños la palabra “gay” directamente se convertirán en ello. Lo tachan de una enfermedad y, como tal, tienen que perseguirla hasta erradicarla. Los más afectados son los adolescentes que llegan incluso a suicidarse, de hecho, Rusia ocupa el primer puesto en suicidios dentro de la Unión Europea. La población LGTB no puede protestar y dar voz a los más afectados, ni manifestarse en la calle para reclamar por sus derechos civiles. Ser homosexual en Rusia es igual que ser un pederasta, nadie lo ve con buenos ojos.

No solo el gobierno se encarga de perseguir a los gais y lesbianas, sino que existen grupos radicales y fanáticos religiosos que también los someten a vejaciones. Es el caso de Timur Bulatov, funcionario del Comité de Seguridad Nacional, que se encarga de ser “el guía hacia el camino correcto” de todas aquellas personas que considera moralmente defectuosas. No solo los homosexuales sufren las amenazas y humillaciones tanto de la policía como de los grupos ya nombrados, sino que todos aquellos que apoyen el movimiento pueden recibir multas y castigos. Esta situación se extiende a todos los ámbitos: ya sea a nivel laboral —con despidos inmediatos— como a nivel personal donde tu propia familia te da la espalda.

Muchos rusos apuestan por el exilio como vía de escape ante el terror que viven cada día. Ven España como un paraíso donde poder ser ellos mismos, sin miedo a que les persigan, sin miedo a darse la mano o besarse en público, sin miedo a ser felices.

Quizás el mundo sería un poquito mejor si nos pusiésemos en la piel del otro:

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