8 de diciembre de 2004. Noche de Champions. Liverpool contra Olympiacos.  Una fría noche invernal en Anfield y el Kop apagado. Corría el minuto ochenta y tantos y no había electricidad ni calidez en los once reds sobre el campo que transmitir a las gradas. En aquel momento, a pesar de que vencían 2-1, el gol del mítico Rivaldo (ya en horas bajas) impedía el pase a octavos de los locales. Y entonces ocurrió el milagro, un rechace llegó botando en el 86’ a los pies del capi Steven Gerrard que enchufa un bombazo directo a la red que defienden los griegos, sin que el veterano cancerbero Nikopolidis pueda hacer nada para impedirlo. Escasos minutos después y sin saber bien cómo, el Liverpool estaba en octavos de final de Champions por diferencia de goles.

7823ad_60b946f0298244ad9f82c93dcd653f87-mv2Ayer se retiró el autor de aquel golazo. No fue el primero, ni el último que encendería a las gradas de Anfield o de cualquier otro estadio en el que se encontrase jugando el Liverpool, equipo
que defendió con todo su corazón durante casi toda su carrera profesional. Ni siquiera fue el más icónico, ni tampoco daba un trofeo. Pero es un trocito más de su legado, de su leyenda.

 

Y es que en estos momentos en los que escribo esto, no sé aún como titular este texto. Es muy difícil concentrar en unas pocas palabras el legado de Steven Gerrard. Porque él ha sido y ha significado muchas cosas. Gerrard ha sido no solo un amalgama de virtudes futbolísticas, sino también de valores que hoy día son difíciles de encontrar en este deporte que cada vez es menos deporte y cada vez más negocio. No sólo era un centrocampista fínísimo, con un increíble despliegue físico, un pase exquisito tanto en corto como en largo y un golpeo de balón magistral que dejó muchos goles para la retina… Él también es la encarnación del working class hero al que cantaba cierto paisano suyo, John Lennon.  Todo garra, corazón y entrega.

Para los que han nacido en los noventa y han sido futboleros, Gerrard es un icono. No importaba el equipo al que animases, admirabas a aquel muchacho como a ningún otro. El que escribe esto no ha sido futbolero toda su vida, pero desde que poco le interesaban esos “veintidós tíos persiguiendo la pelota” siempre ha sentido especial atracción por su figura, y es una de las razones por las que hoy anima al escudo que  Stevie defendió durante tantos años con tesón. Incluso en el fondo de sus corazones (y aunque no lo admitan), los hinchas de Manchester United y Everton (eternos rivales) le admiran. Y no les culpo.

25 de mayo de 2005. Estambul. Estadio Olímpico de Atatürk. 20 años después de la tragedia de Heysel, el Liverpool vuelve a estar en una final de Champions. Pero no se la iban a llevar a casa. Al descanso, los reds se iban 0-3 contra un Milán pletórico, cortesía de un eterno Paolo Maldini y Hernán Crespo por partida doble, en una de las finales europeas más desniveladas que se recuerdan. No había nada que hacer. La segunda parte comenzó igual, y parecía que el Milanello podía ampliar aquello y convertirlo en vergüenza. Hasta que en el minuto 54, el noruego Riise conecta un centro y el capi Steven Gerrard propina un magnífico testarazo hacia el fondo de la red para acortar distancias. La cara de incredulidad del portero Dida lo dice todo. ¿Cómo han podido marcar?

 

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Lo que le sigue lo conocéis todos. La mejor y más emocionante final de Champions de la historia. Hubo otros protagonistas y quizás más recordados (Jerzy Dudek parando penaltis nada menos que a Pirlo y a Sheva), pero al final siempre es él. Stevie. El que encendió la chispa y le dio alas a su equipo. Y el que se llevó por supuesto el premio al “hombre del partido”.

13 de mayo de 2006. Cardiff. Millenium Stadium. Final de FA Cup entre el Liverpool y el West Ham United que sorprendemente ganan los hammers por 2-3, y solo restaba el descuento para que se llevasen su primer título desde 1980. Pero una vez más, Stevie G  no iba a quererlo así. Minuto 91 y un despeje  del área hammer cae en los pies del capitán que  dispara un zambombazo desde 27 metros, que por inercia acaba dentro. El partido se iría a los penaltis y Gerrard convertiría el suyo para acabar llevándose el título a casa.

¿Cómo puede ser una persona tan aparentemente normal llegar a ser un futbolista tan grande, con tantos momentos para el recuerdo? Sin duda,  todo lo que rodea a Steve tiene y tendrá un aura mágica. Nacido en un barrio obrero en las afueras de Liverpool, Steven George Gerrard fue sin duda, un niño local que vivió su sueño. Cuya realidad superó su ambición de convertirse en una estrella del equipo al que adoraba, de sentirse querido desde el césped por las gradas de un Anfield que tantas veces había visitado desde pequeño. Sus valores encarnan el himno del Liverpool: Su capacidad de liderazgo en momentos difíciles (walk on, walk on), su fe inequívoca (with a hope in your heart) y su pasión por unos colores que nunca traicionó, a pesar de que no le dieron todo lo que ansiaba  y que se vio tentado por el diablo más de una ocasión. En su momento de mayor esplendor se lo rifaba media Europa. ¿Pero cómo iba a salir del Liverpool y renunciar a su sueño de crío?

27 de abril de 2014. Liverpool contra Chelsea. El Liverpool, líder de la Premier League, depende de sí mismo para ganar la liga por primera vez en 24 años. Después de dar un motivador discurso, casi amenazante (“Esta vez no se nos escapa”), la mala fortuna lleva a un pase tenso que provoca un mal control de Steven Gerrard, que resbala y deja a Demba Ba solo  marcar a su antojo. El equipo red ve como sus esperanzas para lograr el ansiado título se diluyen…

Porque Stevie siempre estuvo ahí, en las buenas y en las malas. Y las malas fueron muy dolorosas. Quizás dónde más se arrepintió de sus pasadas decisiones. De no haber querido una estrella mundial en el Chelsea, Milán o Real Madrid, equipos que le tantearon, si no seguir pareciendo un futbolista extraordinario en un club venido a menos, rodeado de futbolistas ordinarios. Pero Anfield le recompensó y le recompensará siempre.

Pero recuerda Stevie, in the end there’s a Golden sky. Te retiras sin una Premier League, pero ya estás en el Olimpo de los futbolistas. No solo tus compañeros y excompañeros te han rendido honores por las redes sociales, si no grandes leyendas y acérrimos rivales como Del Piero, Henry, Messi… te han dedicado unas palabras que no consigue cualquiera. No todos los niños que sueñan llegan a ser y representar lo que tú. Y por eso muchos querrán ser Ronaldo o Messi, otros querrán ser Lewandowski o Reus, los más viejos habrán querido ser Maradona o Pelé. Pero ¿yo? Yo siempre quise ser como tú.

Y cerrando este texto, creo que se quedará con su título provisional, “Gerrard”, pues es el más adecuado.  Así, en letras mayúsculas. Sonará seco, no es un “Adiós, ídolo”, ni siquiera es un “Se retira Captain Fantastic” o “Hasta nunca, Mr. Liverpool”. Pero a veces el propio nombre del futbolista significa más que cualquier apodo que reciba. Y para mí, como a tantos miles de personas, Gerrard representa y representará muchas cosas. Hasta siempre, capitán.

 

“Cuando esté a punto de morir, no me llevéis a un hospital. Llevadme a Anfield, porque allí he nacido y allí moriré”.

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