Comenzaré este artículo dirigiéndome a ustedes, los lectores. Imagínense que encienden la televisión, ponen su canal preferido y están retransmitiendo un programa de actualidad con bastante reputación. Entonces ven a un colaborador con los brazos totalmente tatuados y a otra colaboradora con un piercing en la nariz. ¿Se extrañarían? ¿Se los tomarían enserio? ¿Les gustaría?

     Si la situación que les acabo de exponer me ocurriera a mí, me sentiría muy orgulloso. Orgulloso de esos trabajadores, orgulloso de quienes les hayan contratado y orgulloso de mi sociedad. Hace tiempo, mucho tiempo, que nuestra sociedad ha dictado una serie de normas sobre las personas con tatuajes. Podría extenderme y analizar la relación tatuajes-familia, la relación tatuajes-música, la relación tatuajes-historia etc. Como no es mi intención, me centraré en una en concreto, la relación tatuajes-trabajo. Desde hace años y años suelo oír que no te puedes tomar enserio a un trabajador o trabajadora tatuad@, por muy profesional que sea. Que no puedes contratar a alguien así. Salvo en casos extremos, puédase ver la cara tatuada o las manos tatuadas, puedo llegar a entenderlo. Pero, ¿Qué problema existe por tener tatuajes en el brazo? Acaso eres menos capaz que quien no tiene o acaso no puedes ser un gran profesional. Una persona tatuada puede ser igual de capaz que una persona no tatuada.

prejuicios-hijos

Para acabar, quiero que reflexionen. Que reflexionen acerca de esto, acerca de si alguna vez han pensado en esto, acerca de que opinarían si viesen presentado los informativos a una persona tatuada. Ya nos lo dijo Jack London, el gran periodista norteamericano. Enséñame a alguien con un tatuaje y yo te enseñaré a alguien con un pasado interesante.

 

 

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