El PSOE está viviendo unas semanas dramáticas. La formación de dos bandos posicionados a favor o en contra de la abstención a un gobierno presidido por Mariano Rajoy, ha hecho estallar una crisis que antes o después iba a producirse.

Desde el momento en que irrumpe Podemos en el Congreso, se empieza a observar cierta división en el partido socialista, ya que algunos se acercan ideológicamente al partido de Pablo Iglesias y otros, defensores de la socialdemocracia europea, no comparten sus posturas en absoluto. Esta división en el partido junto al escaso posicionamiento en ciertos temas, como por ejemplo la solución para el problema nacionalista catalán, provoca una fuerte falta de credibilidad de cara a sus votantes. Esto se ve reflejado en las elecciones de diciembre y junio, ya que el PSOE sufre un fuerte revés en las urnas. Sus votantes tradicionales, descontentos con la gestión de Pedro Sánchez y porque su partido ha perdido el norte, deciden votar a otras formaciones políticas.

La forzada dimisión de Sánchez y la rebeldía del PSC frente a la gestora que actualmente dirige el partido, están aumentando la crisis interna del PSOE. La peor consecuencia de esta crisis es la posibilidad de que desaparezca la socialdemocracia en España, lo cual convertiría en líder de la oposición a un partido marxista y populista.

Resulta irónico que los socialistas españoles interpreten que otorgar el gobierno al partido que ha ganado las elecciones es un signo de debilidad, cuando ésta es la única solución para que su partido no se convierta en una “muleta” de Podemos y que el Gobierno de España deje de estar en funciones.

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